Música y escena
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Corre el año del Señor de 1557 en Alcalá de Henares cuando de los tórculos de la imprenta de Juan Brocar, hijo de Arnao Guillem Brocar, impresor francés establecido allí y artífice material de la Biblia Políglota Complutense, sale el Libro de cifra nueva, para tecla, harpa y vihuela, compilación de piezas musicales realizada por Luis Venegas de Henestrosa, hoy custodiado en la Sala Cervantes (Manuscritos, Raros y Curiosos) de la Biblioteca Nacional (Madrid).
En él se recogen piezas de los mejores músicos del momento, como Antonio de Cabezón (1510-1566), el genial músico ciego, Francisco Hernández Palero (ca. 1533-1597) y de distintos vihuelistas españoles, como Narváez. Pero, junto a ellos, se desliza también una pequeña obra, el himno de Adviento Conditor siderum almae, firmada por una tal Gracia Baptista, de la que se nos dice, como toda información, que es monja. Por lo tanto, a pesar del escueto rótulo, nos hallamos con la primera aportación musical documentada de una mujer compositora en la Península Ibérica, figurando junto a la música contemporánea más excelsa. Su condición de religiosa no es en absoluto extraña, pues fueron precisamente las mujeres enclaustradas quienes más oportunidades tuvieron de dedicarse a la música en su doble vertiente, teórica y práctica, para cubrir las necesidades del culto divino.
El propio título del libro nos informa de la práctica instrumental del momento, con instrumentos intercambiables a la hora de interpretar la tablatura en que la música se vierte, pues la cifra fue la manera escogida para plasmar esa música, evitando los problemas que podían derivarse de la escritura solfeística. Así, se hacía dicha música accesible a vihuelas, arpas, laúdes, clavicordios, órganos, clavicémbalos..., independientemente de su afinación.
Venegas nos dice en el prólogo que estaban proyectados otros seis libros más que acompañaran al volumen primero, pero por desgracia no llegó a concretarse este ambicioso plan que hubiera multiplicado el repertorio hispano renacentista y, quién sabe, posiblemente hubiera recogido más piezas de Gracia Baptista o de otras mujeres compositoras.
Corre el año del Señor de 1557 en Alcalá de Henares, año en que se publica la primera obra de una compositora española, y seis después de que un niño llamado Miguel, bautizado allí, se hubiera ido a Valladolid con su familia siguiendo a su padre, un modesto cirujano llamado Rodrigo de Cervantes.