De pronto caímos en la cuenta de que el espacio físico, a pesar de su
infinitud, ya nos quedó chico. Ahora, muchos de nosotros, para no ser
presa de la claustrofobia, necesitamos darnos un tiempo para escapar y
flotar por un momento en el ciberespacio. Ahí, donde no hay lejos
ni hay cerca; donde no hay arriba ni hay abajo; donde puedes viajar
grandes distancias con apenas mover los dedos.
Es el ciberespacio, punto de reunión para charlar en grupo con
otras personas, sin importar en qué parte del planeta se encuentre cada
una. Ahí, hay regiones claras para nutrirnos y regiones obscuras para
perdernos. En ese lugar, navegamos en busca del puerto donde, cual
tesoro, se esconde el conocimiento buscado.
La voz ciberespacio, encierra una historia que nos remonta
hasta la antigua Grecia, donde hace miles de años, llamaban
kibernetes a los marinos responsables de conducir los barcos a su
destino. Kibernetike era el arte de navegar y el verbo
kybernan significaba ‘conducir el barco’.
Alguna admiración especial sentían los romanos por los griegos,
porque de ellos tomaron dioses y palabras. Así, de kybernan
(‘conducir el barco’), en latín nació el verbo gubernare, al
principio con el mismo significado. Con el tiempo, a gubernare se
le dio uso metafórico y pasó a significar ‘conducir al pueblo’.
En castellano, derivado del latín, usamos gobernar con el
sentido de ‘dirigir a una comunidad’ y, de ahí, se han derivado
gobierno y gobernador. Pero, como una huella de su origen
marino, en el diccionario aún encontramos la voz gobernalle, que
es el timón con el que se gobierna el navío.
Tuvieron que pasar muchos siglos para que cybernetiqué
volviera a la vida. Fue propuesta, en Francia, en 1834, para referirse a
«el estudio de los modos de gobernar». Años después, en 1948, el
matemático norteamericano N. Weiner, escribiría: «Hemos decidido, para
nombrar al campo de la teoría de control y comunicación, tanto en
máquinas como en seres vivos, usar el nombre Cibernética». Nació así,
una palabra que pronto se convertiría en símbolo de modernidad.
En un texto de Julio Cortázar, de 1963, se lee: «Lo malo —dijo
Oliveira mirándose las uñas— es que a lo mejor ya se coaguló y no me di
cuenta, me quedé atrás como los viejos que oyen hablar de cibernética
y mueven despacito la cabeza pensando en que ya va a ser la hora de
la sopa de fideos finos».
Después, el boom de las computadoras y la explosión de la
Internet en los últimos años del siglo XX.
La voz cibernética se convirtió en símbolo de cultura
computacional, y entonces nació lo ciber. Se empezó a hablar de
ciberniños, de cibernautas, de cibercafés y por
supuesto, del ciberespacio.
Así, el antiguo kybernetike (‘arte de navegar’), volvió a
tomar vigencia. Sólo que ahora se navega en un mar de información, en el
que también, si no tenemos cuidado, podemos naufragar.