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Ciberespacio


Lunes, 14 de febrero de 2005


Por Arturo Ortega Morán

De pronto caímos en la cuenta de que el espacio físico, a pesar de su infinitud, ya nos quedó chico. Ahora, muchos de nosotros, para no ser presa de la claustrofobia, necesitamos darnos un tiempo para escapar y flotar por un momento en el ciberespacio. Ahí, donde no hay lejos ni hay cerca; donde no hay arriba ni hay abajo; donde puedes viajar grandes distancias con apenas mover los dedos.

Es el ciberespacio, punto de reunión para charlar en grupo con otras personas, sin importar en qué parte del planeta se encuentre cada una. Ahí, hay regiones claras para nutrirnos y regiones obscuras para perdernos. En ese lugar, navegamos en busca del puerto donde, cual tesoro, se esconde el conocimiento buscado.

La voz ciberespacio, encierra una historia que nos remonta hasta la antigua Grecia, donde hace miles de años, llamaban kibernetes a los marinos responsables de conducir los barcos a su destino. Kibernetike era el arte de navegar y el verbo kybernan significaba ‘conducir el barco’.

Alguna admiración especial sentían los romanos por los griegos, porque de ellos tomaron dioses y palabras. Así, de kybernan (‘conducir el barco’), en latín nació el verbo gubernare, al principio con el mismo significado. Con el tiempo, a gubernare se le dio uso metafórico y pasó a significar ‘conducir al pueblo’.

En castellano, derivado del latín, usamos gobernar con el sentido de ‘dirigir a una comunidad’ y, de ahí, se han derivado gobierno y gobernador. Pero, como una huella de su origen marino, en el diccionario aún encontramos la voz gobernalle, que es el timón con el que se gobierna el navío.

Tuvieron que pasar muchos siglos para que cybernetiqué volviera a la vida. Fue propuesta, en Francia, en 1834, para referirse a «el estudio de los modos de gobernar». Años después, en 1948, el matemático norteamericano N. Weiner, escribiría: «Hemos decidido, para nombrar al campo de la teoría de control y comunicación, tanto en máquinas como en seres vivos, usar el nombre Cibernética». Nació así, una palabra que pronto se convertiría en símbolo de modernidad.

En un texto de Julio Cortázar, de 1963, se lee: «Lo malo —dijo Oliveira mirándose las uñas— es que a lo mejor ya se coaguló y no me di cuenta, me quedé atrás como los viejos que oyen hablar de cibernética y mueven despacito la cabeza pensando en que ya va a ser la hora de la sopa de fideos finos».

Después, el boom de las computadoras y la explosión de la Internet en los últimos años del siglo XX. La voz cibernética se convirtió en símbolo de cultura computacional, y entonces nació lo ciber. Se empezó a hablar de ciberniños, de cibernautas, de cibercafés y por supuesto, del ciberespacio.

Así, el antiguo kybernetike (‘arte de navegar’), volvió a tomar vigencia. Sólo que ahora se navega en un mar de información, en el que también, si no tenemos cuidado, podemos naufragar.

 


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