ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Esta tabla fue identificada por María del Carmen Lacarra como parte del retablo de la iglesia de Santo Domingo de Silos de Daroca (Zaragoza), del que también procede el Santo Domingo de Silos, su tabla central, ya estudiada en esta sección. De él se conoce una tercera tabla con la escena de la muerte del santo, en una colección particular. El retablo, fechado entre 1474 y 1479, debió desmantelarse tras el incendio que afectó a la iglesia de Daroca en el siglo xviii. La obra que hoy nos ocupa estuvo en su sacristía al menos hasta 1869 y, después de pasar por varias colecciones particulares, entró en el Museo de Prado en 1982.
Se conservan varios documentos que permiten seguir con puntualidad periodística las vicisitudes de la realización del retablo. El contrato firmado por Bartolomé Bermejo con la iglesia darocense el 5 de septiembre de 1474 tenía unas cláusulas leoninas. Se comprometía a acabar el retablo de su propia mano en un año y sin salir de la ciudad; había de pintarlo al óleo con colores finos y azul, de manera semejante en colorido y perfección a la Piedad que había hecho para el comerciante de Daroca Juan de Loperuelo; se indicaban las escenas que debía ilustrar el retablo; y, por último, como garantía del cumplimiento de esas condiciones, Bermejo tuvo que prestar juramento sobre la cruz y aceptar una sentencia de excomunión si las incumplía. A pesar de unas estipulaciones tan estrictas, Bermejo comenzó a viajar con frecuencia a Zaragoza para atender nuevos encargos y, en 1477, probablemente no había pintado más que la tabla central. Fue Martín Bernat, un pintor zaragozano, quien lo sacó del embrollo y lo libró del fuego eterno. El 29 de septiembre de 1477, éste firmó un nuevo contrato con la iglesia de Daroca para terminar el retablo en dos años. El 17 de noviembre, Bermejo llegó a un acuerdo con los clérigos y se comprometió a realizar el banco en su taller de Zaragoza y en colaboración con Bernat el resto de las tablas, ocupándose en persona de las encarnaciones de las figuras principales (en este caso Santo Domingo y el rey Fernando I). Se concluyó en 1479.
Las estrictas condiciones establecidas por los clérigos de Santo Domingo de Daroca, comunes a otros contratos de la época, intentaban prevenir lo que ocurría con demasiada frecuencia: la dejación de los artistas reconocidos, quienes, desbordados por sus numerosos encargos, prolongaban durante lustros los proyectos para desesperación de los clientes. Acordémonos del prolífico Miguel Ángel y de sus tira y afloja con los papas y los Medici, o de la lentitud exasperante con que trabajaba Leonardo da Vinci. Bartolomé Bermejo fue un alma inquieta, un pintor innovador que buscó en sus continuos viajes clientes cada vez más exigentes y entendidos. Este cordobés de nacimiento llegó a Daroca desde Valencia, entre 1468 y 1474, pero pronto sintió la necesidad de partir hacia Zaragoza, ciudad con un panorama artístico más prometedor, donde se estableció en 1481; por fin, en 1485 marchó a Barcelona, donde está documentado hasta su muerte en torno a 1501.