Centro Virtual Cervantes
Rinconete > Ciencia y técnica
Lunes, 16 de febrero de 2004

Rinconete

Buscar en Rinconete

Ciencia y técnica

10. Torres Quevedo

Por Arturo Montenegro

Para Charles Howard Hinton, el autor de unos curiosísimos Relatos científicos, la vida se vuelve geometría y misterio, al menos si aceptamos el periplo literario que le asigna Borges. ¿Por qué no suponer —se pregunta el narrador argentino— que la obra de Hinton fue tal vez un artificio para evadir un destino desventurado? Y añade: ¿Por qué no suponer lo mismo de todos los creadores? Con más serena firmeza, cabría formular las mismas dudas en torno a la figura de Leonardo Torres Quevedo (1852-1936), genio en un país de escasa afición a la ciencia, y pese a ello —o quizá por la misma razón—, postergado en la actualidad por una sociedad que no parece estimar el conocimiento técnico ni sabe entender a los inventores con apellido ibérico. Y si alguien lo duda, he aquí un inocente desafío: ¿cuál es el prestigio actual de este ingeniero entre nuestros escolares? Tratando de iluminar esa duda, el biógrafo que hemos elegido como fuente, Patricio Saiz González, refiere la magnitud de las obras de don Leonardo casi con el mismo asombro con el que nosotros identificamos el olvido de todas ellas. Ante su relato, ningún lector prescindirá del escepticismo con el que muchos miran el porvenir de la ciencia española, cultivada en una tierra que prefiere los lápices y los pinceles a los tubos de ensayo y los microscopios.

Nacido en la localidad cántabra de Santa Cruz del Valle de Iguña, Torres Quevedo estudió el bachillerato en Bilbao y luego viajó a París, matriculado en el colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana. Una oportuna herencia permitió al joven contemplar su porvenir desahogadamente, y acaso fue semejante optimismo lo que favoreció su inventiva. Así, tras pasar por las aulas de la Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, inauguró en 1877 un periodo de intensa y fructífera creatividad técnica. Diseñó un modelo muy perfeccionado de funicular, y posteriormente demostró un pionero conocimiento de lo que habrían de ser las máquinas calculadoras, tal y como queda de manifiesto en su Memoria sobre las Máquinas Algébricas (1893). En 1901 ingresó en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid, fecha en que asimismo comenzó a disfrutar de su Laboratorio de Mecánica Aplicada. Al poco tiempo, inventó un dirigible mucho más versátil que el diseñado por Zeppelin. Lamentablemente, las empresas españolas no hicieron caso a este avance y la patente fue vendida en Francia.

Otra de las geniales aportaciones de Torres Quevedo fue el Telekine o mecanismo de radiodirección a distancia, patentado en 1903. Probablemente sean pocos quienes conozcan que ese mando a distancia, tan extendido en nuestros modernos hogares, fue llevado a término, en su primera versión, por un inventor hispánico. Triste fortuna: tampoco esta vez las autoridades y los empresarios locales supieron aprovechar debidamente la idea. Ya lo supo ver Unamuno: «Que inventen ellos».

Desde 1910, Leonardo Torres Quevedo fue presidente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Dos años después, siempre animoso y quijotesco, el sabio elaboró un autómata capaz de jugar al ajedrez. Para concretar este sorprendente proyecto, nuestro inventor desarrolló conceptos pioneros en el campo de la cibernética y la computación. No en vano, en 1914 llevó a la imprenta sus Ensayos sobre automática e incluso construyó una máquina calculadora, el aritmómetro electromecánico, que podemos considerar la primera computadora con memoria. Dicho sea a modo de digresión: la escasa defensa que sus paisanos han hecho de este aporte substancial a la informática es una materia que ciertamente se presta bien a la polémica e incluso a la melancolía.

Con todo, no le faltaron a Torres Quevedo los honores en vida: ingresó en la Real Academia Española de la Lengua en 1920 y dos años después la Universidad de la Sorbona le otorgó el título de Doctor Honoris Causa. No obstante, ya no hay recuerdo de tales galardones. Si se quiere, el más genuino balance de su herencia guarda relación, precisamente, con la anónima tecnología que nos permite hoy difundir estas líneas.

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es