ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
En el siglo xvii, un restaurador unió artificialmente un cuerpo ataviado con el tradicional manto romano, la toga, a un retrato de Augusto en el que se representaba al emperador con la cabeza velada. Aunque ambos fragmentos habían sido realizados casi con siglo y medio de diferencia, no se le puede negar al reconstructor de la pieza su acierto a la hora de componer —o, mejor, de recomponer— uno de los tipos más característicos del retrato oficial romano de época augustea: el del propio emperador togado.
Aunque incómoda de llevar por su peso y por la cantidad de pliegues que era necesario realizar para su correcta colocación (incluido aquél que, partiendo de un lado de la cadera, se cruzaba por delante de las piernas hasta recoger el tejido restante sobre el antebrazo contrario), la toga fue considerada siempre como la indumentaria nacional romana hasta el punto de que, precisamente desde tiempos de Augusto, se llegó a decretar su uso obligatorio para todos aquellos ciudadanos que pisasen el Foro con el fin de poder diferenciar a los que gozaban del privilegio de la ciudadanía de los que no.
Como un ciudadano más, también Augusto se hará efigiar togado. Así aparece normalmente cuando ejerce de Sumo Sacerdote, de Pontífice Máximo, presidiendo los rituales y sacrificios dedicados a las distintas divinidades de su panteón. En estos casos, y como signo de respeto, el emperador cubre su cabeza con un pliegue de la túnica.
A esta tipología responde el ejemplar de El Prado. Aunque mutilados, los restos de objetos que todavía sujeta con las manos nos remiten a esta función piadosa y sacerdotal: en la derecha presentaría una patena o algún otro tipo de portaofrendas destinado a ofrecer libaciones; en la izquierda, se visualiza el extremo de un rollo o cartela de papiro en el que se contendrían las plegarias pertinentes.
Como en el caso del Desnudo heroico del propio Augusto que también conserva el museo madrileño, esta escultura había pertenecido a la colección romana de Livio Odescalchi. Adquirida por Felipe V con destino al palacio de La Granja de San Ildefonso, ingresó en El Prado en el siglo xix.