Literatura
Por José Jiménez Lozano
La historia la cuenta el Lazarillo de Luna, y con ella construyó Azorín una maravillosa evocación. Se trata de un hidalgo del siglo xvi a quien un inquisidor pondera los frutos de un peral que aquél tiene en su huerta. Pasó un tiempo, y el inquisidor envió a un criado suyo, a pedirle al hidalgo unas peras, y éste, aunque enfermo y melancólico, tuvo sin embargo un rápido reflejo y ordenó que se cortase el peral entero, y se le enviase al señor inquisidor como el mayor homenaje. Y seguro es que todavía dudaría el pobre hidalgo si así llegaría a contentarle.
El lector se sonríe y, seguramente también reían en aquel tiempo quienes se contaban esta historia, aunque sabían que no era para reír, porque ¿qué es lo que debe hacerse para quedar bien, y al margen de toda sospecha en medio de una situación cuya «doxa» es rígida, y tiene grandes peligros el no aceptarla, o ser sospechoso de no hacerlo? Mil veces ha ocurrido esto en la historia, y desde luego en esta España nuestra donde ha habido inquisiciones de todos los colores, y los unos han negado el pan y la sal a los otros, e incluso han puesto precio de libertad o vida «por mover la lengua de otro modo», como dice el capricho goyesco. Así que, con esta experiencia, el país entero tiene algo así como un olfato histórico, y, en cuanto le da en la nariz por dónde van los vientos, monta en su caballo y se pone a la cabeza de ellos.
Ahora mismo ha ocurrido con lo de la famosa modernidad. En más de un caso, en vez de lavar y poner vestido nuevo al niño, le hemos largado por la ventana con el lebrillo, o enviamos, al señor inquisidor que corresponda, no ya unas cuantas peras de factura ultramoderna, sino el peral entero perfectamente envuelto en plástico, y refrigerado. ¿Aunque nos quedemos en la desolación más absoluta? Aunque así sea. El caso es que no haya dudas sobre nosotros.
Y bien está, pero a lo mejor tendríamos que pensar en las peras del mañana.