Música y escena
Por Carlos Barreiro Ortiz
En el mes de agosto de 1997, el periódico El Espectador de Bogotá publicó una entrevista con Francisco Zumaqué, con un encabezamiento inquietante y revelador: «Nos vamos a quedar sin música». El rótulo escogido por el periodista para atraer la atención del lector, resumía en pocas palabras el alegato del compositor colombiano en contra de las prácticas mercantilistas de reciclaje de la música nacional, y en favor de un repertorio de partituras y tonadas populares que espera una oportunidad desesperanzada para darse a conocer. Los argumentos y la actitud de Zumaqué sobre este fenómeno son bien conocidas, y de ninguna manera obedecen a un intento oportunista o coyuntural. Hace más de cuatro décadas, a propósito del estreno de Porro novo, Zumaqué hablaba de «...el deseo sincero de mostrar una visión contemporánea de la poesía musical de mi pueblo...». Y si bien, la poesía era un elemento adquirido en tradiciones familiares propias del valle del Sinú, la visión actualizada de la música es una idea que resulta de un ejercicio musical cosmopolita que se inicia en 1971 en París entre el certero instinto pedagógico de Nadia Boulanger y las vanguardias de las técnicas concreta y electrónica.
La respuesta de Zumaqué a ese aprendizaje heterogéneo frente a sus propias intuiciones y posibilidades, toma forma definida en dos obras que, de todas maneras, se insertan en las búsquedas marginales de la escena musical colombiana de aquellos años. En 1972, Pikkigui —canto al chontaduro— pretende expresar las corrientes mágicas y el mundo de las ondas emanadas y recibidas. Tres años después, con elementos electrónicos y teatrales, Zumaqué se apropia del universo ritual recogido en México por Carlos Castañeda, para Cantos de mescalito cuya atmósfera expresionista la ubica en el universo indigenista de Jesús Pinzón (1928). ¿Cómo podría entonces considerarse el camino escogido por Zumaqué con ademán racional y propósito definitorio? Sus consideraciones estéticas y la defensa de sus raíces se identifican con los argumentos esgrimidos por Raúl Mojica (1928-1991) de desconocer la herencia europea, y al mismo tiempo, se alejan de las nostálgicas evocaciones caribeñas e ibéricas de Adolfo Mejía (1905-1973).
La obra de Zumaqué se sitúa a medio camino entre una formación académica rigurosa y el impulso ancestral de su medio cultural. Como ilustración del primero, sus óperas heterogéneas infiltradas de nacionalismos políticos, la Misa sacerdotalis que más parece un ritual extraído de una ceremonia indígena, o los cuartetos de cuerda que parecen representar el último nexo con formas de la escuela europea. Para ubicar el estilo y la procedencia de su obra, bastaría con enumerar algunos títulos de su extenso catálogo de partituras que abarca diversos géneros musicales en propuestas inesperadas y heterogéneas: Música para una cosmogonía, pieza orquestal sobre el mito de la creación del hombre entre los muiscas, las ceremonias rituales de Zynuh, la Cumbiamba para cuerdas, la presencia de mitos del Amazonas en Elegía de la anaconda. En sus obras más recientes, Zumaqué se hace partícipe de elementos propios de las manifestaciones culturales de la costa del Pacífico en un intento de encontrar lugares y expresiones comunes, a través de alusiones teatrales y festejos religiosos como ocurre en Manglares, pieza de 1997 en donde el elemento sinfónico hace eco al timbre de marimbas y chirimías y a la rutina vocal de las cantadoras. Los argumentos de este compositor de Córdoba a través de toda su obra, tienen que ver con el rescate de los elementos de seducción tan propios de las músicas del país que parece naufragar en medio del gusto inmediatista que proponen los medios de comunicación.
La actitud de artistas como Francisco Zumaqué, lo que propone en la práctica es la búsqueda de un raciocinio lúcido y consecuente que opere a manera de barricada contra los peligros implícitos en un proceso de homogeneización cultural. El «Taller de las utopías» que propone Zumaqué es la constatación de que el continente americano es un territorio de intuiciones y realidades que aún no ha sido descubierto por completo.