Centro Virtual Cervantes
Rinconete > Cine y televisión
Lunes, 4 de febrero de 2002

Rinconete

Buscar en Rinconete

Cine y televisión

Cine y sonido directo

Por Lisandro Duque Naranjo

Una funcionaria del antiguo Instituto de Cinematografía de Colombia (FOCINE), me recomendó alguna vez que dejara de hacer sonido directo en mis películas y que les doblara las voces a mis personajes. Yo le respondí que la técnica del doblaje destruía el efecto de ese instante irrepetible en que el cuerpo se pone de acuerdo con la voz y la fisiología con el espíritu, y que por lo tanto no me interesaba. Le agregué que por más que el actor sea muy hábil para doblarse a sí mismo, el resultado final siempre va a ser como el de un espectáculo de ventriloquía: la voz proviene del mismo aparato fónico, pero el muñeco carece de emoción.

—Ya, entiendo —me contestó la funcionaria, no muy convencida. Y volvió a la carga—. Eso puede ser porque se trata de los mismos actores. Pero ¿si lo intentas con dobladores experimentados? En Méjico hay verdaderos profesionales del doblaje. Mira tú lo bien que lo hacen en las series de televisión americanas. ¡Y eso que originalmente son en otro idioma!

—Eso sí que menos, doctora —le dije. Y le solté mi artillería—. En ese caso, aunque la sincronización entre las palabras y el movimiento de la boca sea óptima, los diálogos quedan como empacados al vacío. Y las inflexiones regionales o nacionales, así se trate del mismo idioma, se le pierden a la película. Los personajes quedan incompletos, y por añadidura, la historia se mutila. Un doblador mejicano tiene que pensar en «la chingada» para pronunciar un localismo colombiano como «la embarrada», y eso se nota. Además, los villanos criollos quedan con la voz de Pedro Picapiedra y entonces los espectadores nacionales empiezan a esperar que la voz de la putica municipal de Amaime sea la de Vilma. Pero no, al final, por un arreglo del sindicato de dobladores, resulta ser la de una de las policías de Los Ángeles de Charlie. Un galimatías insoportable. No, dejémoslo de ese tamaño.

—¡Ah, pero con esos prejuicios nunca vas a poder dirigir una película con elenco internacional! —replicó la funcionaria, sin darse por vencida.

—Por supuesto que no. Y mejor. Los elencos políglotas debieran desaparecer de las películas, salvo en los casos en que un francés hace de francés, un gringo de gringo, un argentino de argentino, y así sucesivamente. Si an mí me regalaran a Robert de Niro para hacer el papel de un campesino colombiano de la Zona de Urabá, yo les diría: «Gracias, señores, pero el señor de Niro se me devuelve por donde vino». Esos hibridajes son detestables y tendrá que llegar el momento en que dejen de ser el costo fatal a pagar por el derecho a hacer coproducciones. Los franceses resoplan cuando hablan. Los italianos juntan los cinco dedos cuando enfatizan. Los cubanos, para ser contundentes, se golpean el dorso de cada mano con la palma de la otra. Esos matices se anulan cuando se emparejan con un solo idioma en un estudio de doblaje. Esa especie de esperanto fílmico lo que hace es traicionar la manera como cada cultura maneja los instrumentos del cuerpo según la partitura de su respectivo idioma. No he podido entender la razón por la cual a quienes Frankenstein les resulta repulsivo (por tener el cerebro de un hombre y el tórax de otro), estos castings cosmopolitas les parecen ejemplares y deseables. El cuerpo, doctora, no es bilingüe. Y políglota, ni se diga. Lo curioso es que de esto siguen sin darse cuenta ni los productores, ni los directores. El público, en cambio, sí.

Al final, parece que convencí a la funcionaria. Tanto, que de ahí en adelante se fue para el otro extremo y se convirtió en una devota cerrera del sonido directo. A los pocos días de nuestra discusión, la doctora visitó a Fernando Laverde en la moviola donde el cineasta editaba su largometraje de muñecos animados Cristóbal Colón. Vio la escena en la que el descubridor de madera desembarcaba de su carabela de mazapán y se saludaba con los aborígenes americanos en una playa llena de palmeras de cartón.

—¿Y por qué no se oye nada? —le preguntó a Laverde, extrañada.

—Pues porque esto es la mera imagen, doctora. Todavía no he hecho el doblaje de las voces.

—¡Ah, no, maestro! Olvídese del doblaje. De aquí en adelante las películas colombianas tienen que comenzar a hacerse con sonido directo. Queremos un cine nacional auténtico —respondió la funcionaria.

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es