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Martes, 27 de febrero de 2001

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ARTE / Claroscuro

Coplas de ciego

Por Susana Calvo Capilla

En los siglos xvi y xvii no debía de ser extraño encontrar por las calles de cualquier ciudad europea a un ciego mendigando con su zanfoña y sus coplas unas monedas para comer. La imagen de La Tour parece sacada de una novela picaresca, esos libros donde se contaban las correrías y desventuras de los pícaros y mendigos, de aquéllos que pasaban la vida en la calle y en los caminos cantando o trapicheando. Decía nuestro Lazarillo de Tormes de su primer amo:

«Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, Vuestra Merced sepa que, desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni más sagaz. Tenía mil formas y maneras para sacar el dinero. Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos, para mujeres que no parían, para las que estaban de parto, para las que eran malcasadas, que sus maridos las quisiesen bien.»

Recitaban esas famosas «coplas de ciego» que decía componer el Buscón de Quevedo. Con ellas consiguió al fin don Pablo ganarse la vida y hacerse un nombre en la farándula callejera, ¡que hasta le dio para comprarse «tres pares de vestidos»! «Aquí gracia y después gloria» era la muletilla final que le dio fama.

Georges de La Tour nació cerca de Nancy hacia 1593 y murió en Lunéville en 1652. El pintor, que era hijo de un panadero, siguió primero la corriente realista predominante a principios del siglo xvii, como en este cuadro de la década de 1620 adquirido recientemente por el Museo del Prado (en 1991). Más tarde, influido por Caravaggio y sus imitadores, comenzó a pintar escenas nocturnas con fuertes contrastes de luz, lo que se ha llamado «tenebrismo». Tras su muerte, las obras de La Tour fueron olvidadas o se atribuyeron a otros pintores; tuvo que esperar hasta comienzos del siglo xx para empezar a ser justamente valorado.

En su etapa inicial el artista representó varios de estos ciegos tocando la zanfoña y otras escenas populares del mismo tono picaresco, como los jugadores de cartas o las mujeres que decían la buenaventura. A los primeros los muestra de la manera más cruda, tal y como aquí vemos, con su raída capa, su aspecto desaliñado y su rostro arrugado y curtido. Pero, además, presta especial atención a la zanfoña, que pintó con todo detalle. Se trata de un instrumento de cuerda que se hace sonar girando con la mano derecha una rueda que frota las cuerdas y pulsando un teclado con la izquierda. La zanfoña era muy popular en las fiestas de las gentes más pobres, casi siempre tocada por ciegos que cantaban sus versillos al mismo tiempo, como también parece hacerlo el protagonista de este cuadro.

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