ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Dieric Bouts, pintor muerto en Lovaina en 1475, realizó este retablo en su juventud, entre 1445 y 1450. El artista formaba parte de los llamados «primitivos flamencos», un grupo de pintores nacidos en la antigua Flandes (hoy Bélgica y Holanda) que desarrollaron una nueva corriente pictórica a lo largo del siglo xv. Isabel la Católica es considerada como la primera gran coleccionista y admiradora de esta pintura nórdica en España, a la que siguieron después Carlos V y Felipe II. A la colección particular de la Reina, donada antes de su muerte a la Capilla Real de Granada, pertenecieron numerosas tablas de Dieric Bouts, de Hans Memling, de Roger van der Weyden o de su pintor preferido, Juan de Flandes, instalado éste en España.
Muchas de ellas permanecen aún en aquella capilla, junto al sepulcro de Isabel y de su esposo el rey Fernando el Católico; otros se conservan hoy en el Museo del Prado y en el Palacio Real de Madrid. Pero no sólo cuadros llegaron entonces de Flandes. Sus espléndidos talleres de tapices y de iluminación de libros tenían una gran demanda por toda Europa, incluida España. Muchos de estos pintores «primitivos» se dedicaron también a decorar con miniaturas los Libros de Horas que tanto gustaban a la reina Isabel.
El éxito de esta pintura nórdica, tanto en los ambientes burgueses como entre la aristocracia y la iglesia europeas, se basaba en dos de sus rasgos más llamativos. Por un lado, solían recoger escenas intimistas con multitud de detalles de la vida cotidiana, mostrando a los personajes sagrados de una manera mucho más emocional y afectiva. Con ello se hacían eco de un cierto cambio en la religiosidad europea, ahora se prefería una devoción menos abstracta y conceptual, más humana y sencilla. No obstante, se introducen a veces en los cuadros objetos o colores dotados de un valor alegórico, lo que permite hacer una lectura simbólica de las escenas. Por otro lado, los pintores flamencos empleaban el óleo, una nueva técnica que les permitía un mayor lujo de detalles y unos coloridos más brillantes y matizados, con un resultado, por tanto, más atrayente para el comprador.
En este bello Políptico del Museo del Prado se representan cuatro escenas de la infancia de Cristo, todas ellas inscritas en arcos decorados con esculturas fingidas. La Anunciación es la única que transcurre en un interior: la Virgen recibe al arcángel en un ambiente doméstico, cálido y cercano al espectador de la época. Algunos de los pequeños objetos que les rodean son alusiones simbólicas a la pureza y la virginidad de María. Las otras tres escenas, Visitación, Adoración de los ángeles y Epifanía se desarrollan en el exterior, con un fondo de minuciosos y luminosos paisajes. Los personajes, que van vestidos a la moda del siglo xv, tienen unos rostros tan reales, tan singulares, que hacen pensar en verdaderos retratos.