Cine y televisión
Por Lisandro Duque Naranjo
La periodista colombiana María Jimena Dussan alertaba hace unos años sobre un curioso fenómeno: las protestas contra los experimentos atómicos franceses en el Atolón de Mururoa, tuvieron muchos adeptos en Colombia que se manifestaron frente a la embajada francesa. A los participantes colombianos en esas demostraciones, sin embargo, no los convocó ninguna organización nacional de las varias que defienden aquí la ecología contra los depredadores, sino la red, internet. En principio es muy alentador que un país sea sensible al caos internacional y a las amenazas de un retorno a la pesadilla atómica, pero lo que desalienta del episodio es que esos reflejos ecológicos colombianos no se han movilizado nunca antes con la misma rapidez ni beligerancia cuando se los ha convocado por fundaciones nacionales para enfrentar la inminencia de varios holocaustos domésticos en el campo del medio ambiente.
Hay, pues, una diferencia de una pantalla de computador entre la prontitud con que la conciencia se exacerba con respecto a Francia y la tranquilidad que la hace permanecer indiferente con relación a Colombia. Este fenómeno se dispara en progresión geométrica —adquiriendo características monstruosas de desdén y desarraigo— cuando la diferencia no es ya de una pantalla de computador, sino de una de cine.
Disminuirle el cine a un país, es como ordenar por decreto el retiro de todos los espejos de los baños y de todos los vidrios de las calles para que nadie pueda verse a sí mismo. Y eso genera violencia. El «Pienso, luego existo» se convierte aquí en un «No me veo, luego no soy nadie». Y del sentirse un nadie a pensar que tampoco son nadie los semejantes, solo hay una mirada de diferencia. Y muchos muertos como resultado. Toda etnia que no se filma se vuelve vergonzante. Todo conflicto que no se orea en la pantalla, se fermenta. Toda geografía que no se iconiza, qué carajo importa que sufra depredaciones. De hecho, la depredación mayor, el no haber sido representada jamás en ese rito de la pantalla, en ese auto sacramental del cine, ya la había devastado.
Las geografías o arquitecturas iconizadas, en cambio, generan tentación mítica. El Empire State no sería el gran paradigma de la arquitectura mundial si por sus cornisas no hubiera trepado King-Kong. A Estados Unidos, para descongestionarse de los inmigrantes que considera innecesarios o indeseables, les bastaría con dejar de seducir a los espectadores del resto del mundo a través de sus películas.
De igual forma, a cualquier país, para devolverle el afecto de sus ciudadanos, haría falta, entre otras cosas, cinematografiarle sus rostros, sus hablas regionales, sus topografías, ofreciéndoselos en esas pantallas mayores que convocan a la colectividad sacándola de casa y haciéndola convivir heterogéneamente en la oscuridad de las salas, a diferencia de la televisión que guarda a la gente en su casa y homogeneiza a los espectadores confinándolos a un disfrute estrictamente familiar.