ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, o lo que es lo mismo la existencia de tres personas, de esencia divina y a su vez de naturaleza muy diferente, en una sola única e indivisible que es Dios, constituye el fundamento de la Santísima Trinidad, uno de los dogmas principales de la fe cristiana. La importancia de este misterio, unido a su carácter abstracto e incomprensible, ha incidido en que el hombre haya intentado continuamente su representación formal, lo que ha favorecido la creación de una serie de iconografías distintas desde la Edad Media.
Es muy común encontrar la presentación de un rostro trifacial, o con tres caras a la vez, en alusión a esa unidad triple. Otra formulación es la denominada Paternitas por la que el Padre Eterno, generalmente sentado, sujeta sobre sus rodillas a un niño, en alusión al Hijo-hombre, y sobre ellos aparece volando una paloma como expresión del Espíritu Santo. Otros ejemplos muestran al Padre y al Hijo entronizados, y con la paloma entre ellos.
Este magnífico lienzo de Ribera, se relaciona con otras dos representaciones distintas del misterio trinitario. Por una parte debemos aludir a la iconografía conocida con el nombre del Trono de Gracia, por la que junto a la paloma espiritual, aparece el Padre con el Hijo crucificado. En un siguiente paso, de claro dramatismo, llegamos a la tipología de Compassio Patris. En ella, y con evidente recuerdo a la imagen de la Piedad, se muestra al Padre Eterno, en sustitución de la Virgen, al Espíritu Santo o paloma, y el cadáver de Cristo, que en esta ocasión recuerda a la escena del descendimiento de la Cruz y a su colocación en el sudario o «sábana santa».