Ciencia y técnica
Por Jacinto Gómez Tejedor
Los medios de comunicación han recogido últimamente un vocablo nuevo: el de desertificación. ¿Qué diferencia existe entre este neologismo y el de desertización? Pues, sencillamente, que el segundo se refiere a la erosión motivada por causas naturales (lluvia, viento, etc.) y a aquella producida por la acción del hombre. Ni más ni menos, lo que siempre se llamó erosión antrópica (de antropos, hombre).
Desde los albores de la humanidad, el homo sapiens [?] ha sido el mayor destructor de la naturaleza, por no decir el único (por algo se le ha llamado «Rey de la Destrucción»), modificando a su conveniencia y capricho la cobertura natural del suelo y creando condiciones biológicas nuevas. Tal es, por ejemplo, la transformación en tierras de cultivo de los bosques y zonas arbustivas, con el subsiguiente laboreo inadecuado. O el pastoreo abusivo, que puede destruir la vegetación cuando el número de cabezas de ganado, por unidad de superficie, es excesivo. O el abandono de los bancales y las talas asesinas. Todo ello, sin contar con los criminales incendiarios de bosques. Y sin caer en la tentación del tópico de la ardilla que cruzaba la Península de rama en rama, sin tocar el suelo, no está de más insistir en las devastadoras consecuencias de la acción de esta «piromanía».
Quiero terminar con algo que suele pasar inadvertido en esta destrucción antrópica: la contaminación del suelo. De los tres factores fundamentales de nuestro medio ambiente natural, aire, agua y suelo, son muy palpables las contaminaciones de los dos primeros. Ello es debido a que el aire y el agua son consumidos directamente por el hombre, mientras que la contaminación del suelo pasa desapercibida durante más tiempo. Sin embargo, debido a la mayor densidad del factor suelo, es más difícil de purificar —una vez contaminado— que el aire o el agua.
En este sentido, las substancias más activas son los pesticidas y los fertilizantes. Respecto a estos últimos, puede resultar paradójico el atribuirles propiedades contaminantes. Sin embargo, de existir un exceso en las aguas, favorecen el desarrollo de algas y otras plantas acuáticas. Y si sobrepasan las dosis adecuadas, puede su demasía pasar a contaminar las aguas subterráneas.