ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Todavía hoy resulta algo misterioso acercarse a los sobrios retratos que Velázquez realizó de su rey Felipe. La austeridad mística con que trata al personaje y la ausencia del más mínimo detalle superfluo destapa el carácter soberbio y altivo del artista. Consciente de su maestría no dudará en dejar sin firmar sus cuadros, incluso dejando en blanco la cartela donde debiera ir su nombre. Aborda en multitud de ocasiones con desdén los detalles de una materialidad que cualquier ayudante de taller hubiese podido realizar. Al pintor le interesa todo aquello que no es fácil de ver y que es muy difícil de plasmar sobre la tela. Su genio prefiere el ambiente cargado y el movimiento vertiginoso de las ruecas del taller de Las Hilanderas, la magnanimidad y la nobleza del vencedor Ambrosio Spinola, la indolencia de Cristo crucificado ante la seguridad de su resurrección, la luz natural de sus Villas Medicis, el gesto enérgico del Papa de Roma, la fortaleza de Jerónima de la Fuente, la inocencia de la infanta Margarita, el silencio de su Mercurio y Argos, la contingencia del poder de Marte, la sensualidad de Venus, la humanidad de sus bufones, la cotidianidad desenfadada de sus retratos de caza, o la prepotencia del valido...
Lo más sorprendente de Diego Velázquez es que siempre muestra un talante contenido en el terrible pulso que mantiene con los pinceles, a los que vence en cada lienzo una y otra vez, como si tuviera el don de tensar más y más el arte de la pintura, y añadir una última gota de genio sobre un vaso colmado desde sus obras de juventud, y que milagrosamente nunca rebosa.
En este retrato Velázquez pinta el alma de su rey, la experiencia de unos ojos cansados, la melancolía de los sueños no conseguidos, las dudas de un hombre de espíritu débil al final de su vida, y la nobleza del rey de España, que a pesar de sus fracasos sigue siendo poderoso y no necesita demostrar con elementos efímeros y superficiales la esencia de su grandeza.