Música y escena
Por Blas Matamoro
La guerra civil española lanzó al doloroso exilio a muchas figuras importantes de su quehacer cultural. En la lista no faltaron los músicos, que se encontraron en el destierro americano con otros españoles que estaban radicados allí o que se habían alejado de la península para evitar los riesgos del conflicto.
La Argentina se vio favorecida por este hecho desgarrador y de perfiles fecundos. Algunos ejemplos entre tantos acreditarán lo dicho. Vaya por delante el supremo de Manuel de Falla, a quien dedicaremos su página condigna. En el ramo de la composición, Julián Bautista y Jaume Pahissa educaron a varias generaciones de músicos argentinos. Lo hicieron con buen tino, porque eran músicos sólidos, de experiencia y sin ningún tipo de dogmatismo estético, o sea que podían internarse en los múltiples caminos del laberinto musical contemporáneo.
Ricardo Viñes, el pianista que había estrenado buena parte del repertorio impresionista francés y nacionalista español, sentó cátedra en ambos campos. Conchita Badía, la soprano catalana, vivió años en Argentina difundiendo la canción de cámara española e incitando a los jóvenes de entonces —Juan José Castro, Carlos Guastavino, Alberto Ginastera— a componer música argentina para ella. Otra gran cantante española, María Barrientos, educó a un notable grupo de voces americanas que luego supieron resonar por el mundo.
Fue un encuentro que, como siempre en la música, buscó la armonía a través de la disonancia. Sin duda, los emigrados recuperaron ecos lejanos y los argentinos aprendieron a reconocerlos como propios.