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Lunes, 5 de febrero de 2001

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Literatura

Mementos

Por José Jiménez Lozano

Desde el final de la Edad Media, como nos mostró J. Huizinga, hubo un desespero, mitad melancolía de otoño —«Mundus senescit», el mundo se hace viejo—, y mitad pura pataleta por el hecho de tener que morir; y, en esas mismas complacencias en la muerte, había también mucho de desatado furor y rencor democráticos en una sociedad estamental irreductible: «¡Por lo menos todos iguales en los gusanos y el sepulcro!».

Y, en el Barroco, todas aquellas Cortes y cortejos de la Muerte como Señora Universal del mundo en el medioevo, se hicieron obsesión y médula del pensar y del sentir. Los predicadores decían cosas como que el hombre era menos que nada, porque, si fuera nada, ya sería algo, y eso parecía complacer a todo el mundo. Las calaveras se enfundaban en brocados, y parecían las reliquias y los tesoros más preciados. Reforma y Contrarreforma habían vestido de negro a toda Europa, y las grandes casas apenas si encontraban un cocinero al que no se le cortase la salsa mayonesa, porque no podía dejar de pensar en la predestinación o en la fugacidad de la vida mientras la fabricaba. Y distracción mundana era salir a dar un paseíto, y aprovechar la ocasión para visitar un cementerio, que se estaba mondando de cadáveres. Pero el caso es que parece que no salimos de estas alegrías, sino que, como se han hecho más cosmopolitas, sólo se han multiplicado, y además se nos sirven en casa, y, más bien, a la hora de las comidas. Incluidas las mondas de fosas comunes.

La linterna mágica, que a todos nos gobierna, apenas abre la sección de noticias, nos inunda ciertamente de cadáveres. Día tras día. Y es cierto que luego pone la coda épica del fútbol, o en los intervalos publicitarios se nos inunda también de coches y señoritas ligeras de cascos y de ropa; aunque, naturalmente, una vez que nos han condimentado todo con el acíbar de la muerte, ¿qué cuenta todo lo demás? O también los cadáveres se convierten en salsa de la vida. Y, entonces, todo es un horrible asunto, claro está. Un espantoso neobarroco.

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