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Martes, 29 de febrero de 2000

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ARTE / Claroscuro

Un caballero de Toledo

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Cuando pensamos en aquellos caballeros, reales o imaginarios, de la España decadente del siglo xvii, protagonistas de tantos y tantos libros de Lope, Quevedo, Calderón o Cervantes, nos vienen a la memoria casi de forma automática los retratos del Greco. Al fin y al cabo, junto a los archivos y sus legajos, las crónicas y sus noticias, pocos documentos pueden servir mejor para conocer el periodo histórico bajo cuyo sol nacieron que aquéllos encarnados por el arte y la literatura. Arte y literatura, que como aquí veremos, forman parte en muchas ocasiones del mismo laberinto imaginado de la realidad pasada:

«El Greco era en aquel tiempo un caballero de más de cuarenta años, delgado y fino. La barba en punta le prolongaba la cara angulosa, en la que relumbraban los ojos oscuros. Me hechizó la hermosura de sus manos, que movía con refinada cadencia, como me encantó su singular pronunciación de nuestro idioma, a la italiana, y el modo con que interpolaba en el hablar, si lo arrebataba el entusiasmo, alguna insólita exclamación en griego. Su amigo, don Antonio de Covarrubias, canónigo maestrescuela de la Catedral, era harto conocido en Toledo, como humanista, arqueólogo y jurisconsulto. Había ganado, en el Concilio de Trento, mucha fama. Por lo menos aventajaba en dos decenios de vida al pintor, y la cara triste se le iluminaba con la vaga sonrisa de los sordos.»

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