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Martes, 22 de febrero de 2000

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ARTE / Claroscuro

Rubens, copista de Tiziano. Adán y Eva

Por Susana Calvo Capilla

La fascinación de Rubens por Tiziano era tal que, durante sus estancias en España (en 1603 y 1628), dedicó el tiempo que le dejaban libre sus tareas diplomáticas a realizar copias de las obras del pintor veneciano. Y es que, no en vano, en los palacios de los Austrias se encontraba la mejor y más abundante colección de cuadros de Tiziano de la época.

La intención del flamenco no era otra que la de pintarlas para su propio disfrute, pues se las llevó consigo a los Países Bajos y formaron parte de su colección personal hasta su muerte. Felipe IV, después de 1640, adquirió el cuadro de Adán y Eva (y otras copias que figuraban en el inventario de los bienes de Rubens) dentro de un lote para adornar los salones del Pardo. Diego Velázquez, amigo y admirador de Pedro Pablo Rubens, fue testigo de su actividad «copista» en la corte española, transmitiéndole sus impresiones a Pacheco, su suegro, que lo recogió en su libro El arte de la pintura con todo detalle.

La obra de Rubens no es, en todo caso, una copia exacta del cuadro de Tiziano. Fue pintada en 1628, cuando vino a Madrid como mediador en la paz entre Inglaterra y España.

El flamenco imprime al lienzo su sello personal. Aparte de la técnica, los contornos más rotundos de los personajes y los coloridos más brillantes, se aprecia una sutil diferencia en la interpretación psicológica de la escena. Rubens muestra un Adán algo más maduro y, sobre todo, más humano, más comprensivo respecto de la tentación de Eva. Incluye en la composición el papagayo que faltaba en la de Tiziano, basada en un grabado de Durero, intentando quizá equilibrar los signos del mal (la serpiente y el zorro) con los de la Redención (el papagayo es símbolo del nacimiento de Cristo de una virgen).

La vaporosa y difusa silueta de la Eva de Tiziano, con su rostro envuelto en una misteriosa sombra, nos aparece como una figura más poética que la del flamenco. Ésta, con sus blancas y luminosas carnes, resulta, sin embargo, más graciosa, más material. El cuadro original, pintado hacia 1550, lo compró Felipe II en 1571 para su ministro Antonio Pérez. Se dice que antes de enviarlo, Tiziano, advertido del creciente puritanismo de la corte española y del monarca, le añadió a Eva la rama de higuera con que cubre su sexo. Cuando Antonio Pérez cayó en desgracia, el Adán y Eva pasó a las colecciones reales. Se colocó en la sacristía del Alcázar en 1600, donde debió de copiarlo Rubens.

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