Literatura
Por razones anecdóticas, he intentado releer —acaso leer— a Pereda Y ¡válgame Dios!
Pereda no es naturalista; es un meticuloso constructor de belenes. Sus montañas son de corcho. Sus casitas, de cartón. La nieve, harina; el agua, cristal; el mar, un telón pintado, y los hombres y las mujeres, caricaturescas figuritas de tierra cocida.
¡Todo esto pesa, pesa! Fue, sin duda, necesaria toda la segunda intención de ciertas actitudes polémicas y políticas, para que, hace treinta años, Pereda fuese tan leído.
Luis de Eleizalde, autor de una acre novela nacionalista vasca, Landibarr, narrando en ella la subida al tren de unos estudiantes santanderinos, escribe despechadamente: «Estos mesoceltas hablaban con la volubilidad propia de su raza».
¿Volubilidad, Pereda? ¡Ojalá!
23-VIII-1918
Eugenio dOrs, El valle de Josafat, página 150. Edición de Ángel dOrs y Alicia García-Navarro. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.