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Viernes, 18 de febrero de 2000

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Cine y televisión

Un inmigrante francés en el cine colombiano

Por Lisandro Duque Naranjo

Charles Rioux, ciudadano francés, debió producirle al señor Eduardo Santos, presidente de Colombia entre 1938 y 1942, la sensación de ser un experto en cine —si no en todas, al menos en varias de las disciplinas del oficio—, y la prueba es que éste mandatario de la República liberal se lo trajo desde París a Bogotá para que lo asesorara en todo lo relacionado con la redacción de la Ley 9.ª de Cine del año 1942, con la que se pretendía poner en marcha la industria fílmica en éste país.

El señor Rioux, posiblemente agobiado por una Francia en manos de los nazis —la tal «República del silencio» de que habló Sartre—, se trajo íntegros sus bártulos para Bogotá, se nacionalizó en Colombia, y se quedó hasta su muerte, ya octogenario, a mediados de los noventa. El drama de este francés es que la Ley de Cine en Colombia nunca funcionó plenamente, razón por la cual jamás pudo concretar sus tentaciones de hacer aunque fuera una película. Si mucho, lograría armar en su casa, muy estrechamente, un laboratorio para revelar negativos de cortometrajes en esas temporadas efímeras en que el cine colombiano alzaba vuelo antes de que se le quemaran las alas y se desplomara de nuevo hacia la improductividad absoluta. En el pequeño apartamento del señor Rioux, se sentaban los visitantes en muebles manchados por los líquidos fílmicos. El aire tenía los ácidos de los fijadores que se confundían con el vapor de la sopa. El comedor estaba separado de la sala por tiras de negativo de 16 milímetros que hacían las veces de cortinas. Los personajes y las ficciones del señor Rioux se proyectaban sin movimiento —salvo el del viento, si había una ventana abierta— cuando al sol escaso de Bogotá le daba la gana de hacerles la première contra la pared.

El señor Rioux nunca aprendió bien el castellano y en cuanto al francés, casi se le fue olvidando, de modo que sus amigos colombianos le tenían que subtitular sus optimistas intervenciones en esos foros de cine nacional que se perdían en la larga noche del procedimiento. Alcanzaba a entendérsele que había sido amigo del director de Ri-Fi-Fí y que en episódicos retornos a su país, había colaborado en los rodajes de El salario del miedo y de Ascensor al cadalso. La memoria comenzó a fallarle, de modo que al final de sus días, cuando se reivindicaba como el padre de la Ley 9.ª de 1942, alteraba los números y se refería a la Ley de Cine de 1492, el «año del Descubrimiento» o del «Encuentro de los dos culturas». Paz en la tumba de éste conquistador de película.

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