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Jueves, 10 de febrero de 2000

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Literatura

Glosas de d’Ors. Juan Luis Vives

Todo el mundo le llama un humanista; pero quizá la nota más esencial en él es la de ser, no por definición «un humanista», sino lo que llamaríamos «un humanitario».

Esto, no sólo cuando se trata de cuestiones como las de beneficencia y de pedagogía, sino en las de metafísica, psicología o historia.

La reacción del filósofo contra la Escolástica, por ejemplo, aunque tome sus armas de la panoplia general de los combates renacentistas, toma en cuenta, no como los platónicos florentinos, la grosería del empirismo escolástico; no como los eruditos, orgullosos de beber directamente, por fin, en las fuentes del Liceo, la infidelidad del Aristóteles averroísta., tomista y medieval, respecto del Aristóteles filológicamente depurado; no como en Rabelais o en Montaigne, la esclavitud intelectual, férreamente impuesta por la escuela y el deseo de crear, abriendo ventanas a la vida, su atmósfera confinada; no, como en Bacon o en Galileo, el propósito de romper las entelequias opuestas a los datos que el nuevo saber sobre la naturaleza iba proporcionando; no, como en Erasmo, una reacción estética contra la barbarie inelegante de la silogística y su mal latín, sino una reacción como la que Molière había de presentar más tarde respecto de la medicina escolástica, sino una respuesta contra el daño representado de un lado por la ignorancia, de otro lado por la pérdida lamentable de tiempo que el pedantismo y el ergotismo escolásticos producían.

Eugenio d’Ors, El valle de Josafat, páginas 140-141. Edición de Ángel d’Ors y Alicia García-Navarro. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.

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