ARTE / Claroscuro
Por Antonio García Flores
El cuadro que vemos narra el episodio de la afrenta que sufrieron doña Elvira y doña Sol de manos de sus esposos, los condes de Carrión, en el robledo de Corpes. Así, se puede ver a las hijas del Cid atadas a un árbol en la espesura de un frondoso bosque, medio desnudas, una de pie, la otra en el suelo, mientras que por el fondo huyen al galope los condes Diego y Fernando.
La belleza y cuidado con que están representados los cuerpos de ambas mujeres se alejan mucho de la descripción que de ellos nos da el propio Cantar de Mío Cid:
Essora les conpieçan a dar
infantes de Carrion;
con las çinchas corredizas
májanlas tan sin sabor:
con las espuelas agudas,
don ellas an mal sabor,
ronpien las camisas e las carnes
a ellas amas a dos;
limpia sale la sangre
sobre los çiclatones
[...]
Levaronles los mantos
e las pieles armiñas,
mas dexanlas marridas
en briales y en camisas,
e a las aves del monte
e a las bestias de la fiera guisa.
Ni los satíricos versos escritos en el catálogo humorístico de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1871 y que encabezan estas notas («Dos señoras en cueros que acaban de zurrar dos caballeros»), ni las denuncias que también recibió relativas a esa falta de fidelidad a las fuentes y la ausencia de fuerza dramática que el tema requería, pudieron evitar que la obra de Teófilo de la Puebla fuese premiada en este certamen con la Gran Cruz de M.ª Victoria.