Por Lisandro Duque NaranjoRaulito
Pérez Ureta es uno de los fotógrafos de cine cubano con mayor demanda entre los
cineastas latinoamericanos durante los últimos diez años. Directores jóvenes como
Arturo Soto (Pon tu pensamiento en mí...), se lo alternan con veteranos
como Fernando Pérez (Madagascar), Rui Guerra (Me alquilo para soñar) y
Fernando Birri (Un hombre muy viejo con unas alas enormes).
Me cabe la honra de haberle dado a este
profesional la alternativa de fotógrafo en la película colombiana Visa USA, que
dirigí en 1985. Raulito asumió la tarea sin miedo, pero aun así se permitía ciertas
inseguridades propias de quien no quiere defraudar. Estaba de visitante en la locación un
cineclubista de esos que gustan de hacer analogías execrables entre lo que los
profesionales criollos están haciendo y la manera como lo hubieran hecho los grandes
maestros. En el ecosistema fílmico, hay cineclubistas que desaprovechan muchas
oportunidades de quedarse callados, sobre todo en los rodajes, y andan por ahí
enredándose en los cables, sentándose en la silla del director y derrochando sabiduría.
A mí, por ejemplo, a cada rato, este visitante me sugería delante de los técnicos y los
actores resolver escenas a la manera de Fassbinder o de Orson Welles, amén de otros
genios que figuran en La historia mundial del cine de George Sadoul. Yo, para
evitar estrangularlo, me limitaba a decirle: «Hombre, yo no conozco a esos señores».
Una noche muy crítica, con limitaciones de
voltaje en la locación, y encima de eso con cien extras ruidosos para una escena de
baile, Raulito Pérez estaba replegado analizando dónde diablos poner las pocas luces
para que el plano general de la fiesta le resultara honorable, o por lo menos visible,
cuando el cineclubista se le acercó y le dijo: «Raulito, ¿cómo crees tú que
Néstor Almendros iluminaría esta escena?».
Raulito Pérez, fidelista de los de Patria o
muerte y debutante de la fotografía, debió sentirse humillado ante la pregunta,
porque el cineclubista lo había confrontado con un hombre que además de ser un
cubano exiliado y anti-castrista, era también un paradigma de la fotografía. Así que
luego de mirar reflexivo la enorme locación, los escasos enchufes y las diminutas
lámparas, le contestó:
Chico, ni siquiera sé cómo la voy a
iluminar yo, qué coño voy a saber cómo la iluminaría ese cabrón... y se
despabiló, iluminando como Dios manda la que resultó ser la mejor escena de Visa USA.
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