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Martes, 1 de febrero de 2000

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ARTE / Claroscuro

Devoción e inquisición

Por Susana Calvo Capilla

En esta tabla, encargada para el monasterio dominico de Santo Tomás de Ávila, aparecen representados, en torno a la Virgen con el Niño, los más ilustres personajes de la España de los Reyes Católicos. Por la izquierda tenemos al propio rey Fernando y al príncipe Juan, arrodillados, en actitud de orantes. De pie está el santo que daba nombre al monasterio y cuya maqueta tiene en sus manos, Santo Tomás de Aquino. Tras ellos, también arrodillado, Fray Tomás de Torquemada, confesor de los Reyes Católicos y temible Inquisidor General del Reino desde 1483.

A la derecha de María, que se presenta entronizada, están arrodilladas la reina Isabel, la infanta Juana y un sufriente personaje, probablemente San Pedro Mártir de Verona. Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la orden de los dominicos, está de pie en ese mismo lado, con la rama de lirio que simboliza la pureza de la Virgen. Como muchas otras realizadas en el mismo período, finales del siglo xv, esta tabla pretendía prestigiar al recién instituido Tribunal de la Inquisición. El Santo Oficio fue introducido en España por los Reyes Católicos hacia 1478 para perseguir a los judíos y a los falsos conversos, los llamados «marranos», que en su opinión y en la de los eclesiásticos más fanáticos e intransigentes (entre ellos Fray Tomás de Torquemada) representaban una seria amenaza para la ortodoxia cristiana. En el trasfondo de esta justificación religiosa, se escondían, además, toda una serie de intereses económicos y políticos.

Lo cierto es que, antes y después de la definitiva expulsión de los judíos en 1492, se respiraba en el reino un ambiente de brutal antisemitismo e intolerancia generalizada, con sucesivos pogromos instigados por los eclesiásticos. Los conversos, los sospechosos de brujería o de faltas contra el dogma fueron las siguientes víctimas de los inquisidores. Las denuncias (por no comer tocino y por ponerse ropa limpia los sábados, por ejemplo) y falsas acusaciones crearon un clima de terror; torturas, sambenitos y hogueras públicas completaban el panorama que oculta este cuadro de ensimismada devoción.

 

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