
Jueves, 14 de enero de 1999 |
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Por Sergio León Gómez
Como en toda biblioteca que se
precie de poseer ricas joyas, la literatura hispanoamericana cuenta con sus «raros y
curiosos». Juan José Arreola (México, 1918), uno de esos maravillosos ejemplares, nos
ofrece este singular autorretrato:
Yo soy el cuarto hijo de unos
padres que tuvieron catorce y que viven todavía para contarlo, gracias a Dios. Como
ustedes ven, no soy un niño consentido. Arreolas y Zúñigas se disputan en mi alma como
perros su antigua querella doméstica de incrédulos y devotos. Unos y otros parecen
unirse allá muy lejos en común origen vascongado. Pero mestizos a buena hora, en sus
venas circulan sin discordia las sangres que hicieron a México, junto con la de una monja
francesa que les entró quién sabe por dónde.
Hay historias de familia que más
valía no contar porque mi apellido se pierde o se gana bíblicamente entre los sefarditas
de España. Nadie sabe si don Juan Abad, mi bisabuelo, se puso el Arreola para borrar una
última fama de converso (Abad, de abba, que es padre en arameo). No se preocupen,
no voy a plantar aquí un árbol genealógico ni a tender la arteria que me traiga la
sangre plebeya desde el copista del Cid, o el nombre de la espuria Torre de
Quevedo. Pero hay nobleza en mi palabra. Palabra de honor. Proceso en línea recta de dos
antiquísimos linajes: soy herrero por parte de madre y carpintero a título paterno. De
allí mi pasión artesanal por el lenguaje.
Nací en el año 1918, en el
estrago de la gripe española, día de San Mateo Evangelista y Santa Ifigenia Virgen,
entre pollos, puercos, chivos, guajolotes, vacas, burros y caballos. Di los primeros pasos
seguido precisamente por un borrego negro que se salió del corral. Tal es mi antecedente
de la angustia duradera que da color a mi vida, que concreta en mí el aura neurótica que
envuelve toda mi familia y que por fortuna o desgracia no ha llegado a resolverse nunca en
la epilepsia o la locura. Todavía este mal borrego negro me persigue y siento que mis
pasos tiemblan como los del troglodita perseguido por una bestia mitológica.
(Tomado de Juan José Arreola, Confabulario
personal, Barcelona, Bruguera, 1980, p. 10).
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