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Lunes, 4 de enero de 1999

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Literatura

Luis Vives, en Bruselas

Por José Jiménez Lozano

La madre de Luis Vives fue desenterrada, y sus huesos echados a la hoguera. Su padre fue quemado vivo, y también alguno de sus tíos. Otros familiares suyos, y también de su mujer, sufrieron de otros modos. Vives se fue a Bruselas, y allí se estuvo.

En 1534 escribió a Erasmo una carta en la que le decía que España era un país en el que tanto peligro se corría hablando como manteniendo la boca cerrada; incluso si había entonces un Gran Inquisidor, Manrique, que era hombre abierto y tolerante. Pero abundaban mucho los que el propio Erasmo había llamado «hombres oscuros» y, aunque estos podríamos decir que no estaban en el poder, seguían siendo poderosos y recios, y sobre todo resultaban muy duchos en un arte en que siempre los hombres oscuros han destacado: el seducir a la plebe. Y sabemos muy bien que al fin se llevarán el gato al agua.

Vives estaba, naturalmente, lo suficientemente llagado y escamado como para no tener recelos, incluso ante los inquisidores liberales, y de ello avisaba a los amigos. A los de entonces y a los de después. Y algunos no le hicieron caso, pero tuvieron que venir a darle la razón, amarga luego, a costa de una todavía más amarga experiencia. Y todo esto casi hasta ayer por la mañana.

Para el presente, sin embargo, Ortega, que esta vez hace de Vives, avisó de que regían otras normas, y que este era un país en el que lo mismo daba producir una genialidad que una inepcia, porque nada traía consecuencias. Así que Vives tampoco iba a animarse a volver aquí con estas noticias. Pero, ¿y si fuese cosa esa también del tiempo, y en Bruselas ocurriese lo mismo?

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