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Jueves, 31 de enero de 2013

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Literatura

Ramón Pérez de Ayala, o la coherencia

Por Miguel Ángel Lozano Marco

En el pasado mes de agosto se cumplieron los cincuenta años de la muerte de Ramón Pérez de Ayala, y esta efeméride nos lleva a recordar a quien fue uno de los primeros intelectuales, en los años en los que estos tenían una presencia relevante en la vida cultural española, y uno de los novelistas más originales del siglo xx.

He mencionado la novela, destacando una de sus facetas sobre todas las demás, porque es el género gracias al cual mantiene un capítulo en nuestra historia literaria. Como sabemos, fue también poeta, ensayista, e incluso se aventuró en el terreno de la dramaturgia, que conocía bien: ha sido, sin duda, el más agudo crítico teatral de su época (la incursión demorada en este sector, comentando sus criterios, daría para muchos rinconetes). Su irrupción en la literatura, en los inicios del siglo xx, la hizo como poeta; así era considerado todavía por Azorín en 1905, cuando en una serie de crónicas (Veraneo sentimental) dio cuenta de los días de estancia en su domicilio de Oviedo.

Convencido de que la poesía contiene en síntesis el sentido de la vida humana, se propuso expresar en sendos libros cada una de sus cuatro edades, asimilándolas a los cuatro elementos primordiales: La paz del sendero (1903) fue el poema de la tierra y de la adolescencia superada; El sendero innumerable (1915), el poema del mar y sus infinitas rutas, las que se le abren al hombre en su juventud, cuando aspira a la madurez; la experiencia de esta etapa, la «varonil edad», debería haber sido expresada en El sendero ardiente, libro para el que compuso una serie de sonetos, y que quedó sin concluir en la década de los años cincuenta. Del poema de la vejez, solo tenemos su título: El sendero de cristal, el aire, la pura contemplación. En 1921 reunió en un libro diversos poemas bajo el rótulo de El sendero andante: el río, que une la tierra (La paz del sendero) con el mar (El sendero innumerable); de este modo les asignó su lugar en la coherencia de un conjunto orgánico concebido de manera unitaria.

Porque la coherencia es lo que define y caracteriza su obra. Lejos del escritor que sigue los estímulos del momento, la creación literaria de Pérez de Ayala constituye un universo original y coherente, donde cada pieza ocupa su lugar en un diseño previsto, al parecer, desde muy pronto. Cuando en 1905 da cuenta por carta a su amigo Miguel Rodríguez Acosta de la escritura de Tinieblas en las cumbres (su primera novela, que verá la luz dos años después), le informa de que ha concebido un proyecto de cierta trascendencia del cual esa novela es la primera pieza: se trata del ciclo novelesco de Alberto Díaz de Guzmán, un álter ego protagonista de este libro y de los que lo han de continuar en el tiempo: AMDG (1910), La pata de la raposa (1912) y Troteras y danzaderas (1913). Asistimos aquí a la formación de un escritor, desde su niñez, en la novela de 1910, hasta el momento en que adquiere conciencia de su papel en la sociedad (Troteras) después de superar la crisis que desarrolla en las otras dos novelas. El hallazgo del sentido de su vida se traduce en un arte cuya concepción ético-estética fundamenta sus siguientes realizaciones, consecuencia lógica del primer ciclo: las novelas poemáticas, tanto en el volumen de 1916 (Prometeo. Luz de domingo. La caída de los limones) como en las grandes novelas de la década de los años veinte: Belarmino y Apolonio (1921) y las dos novelas dobles: Luna de miel, luna de hiel con Los trabajos de Urbano y Simona (1923) y Tigre Juan con El curandero de su honra (1926).

El género que cuantitativamente predomina en su obra es el ensayo: centenares de artículos publicados en la prensa periódica, con los que, hasta ahora, se han llenado una veintena de libros; y la poesía se nos aparece con el privilegio de su gran alcance: el «ámbito en profundidad» en su creación; pero es la novela donde el escritor logra su designio, porque en ella se puede contener «la vida y su marco, el universo […] tales como son, por entero y en su armonía suprema». Digno descendiente de Cervantes, entiende esta «escritura desatada» como el género unificador y totalizador, que incluye en su estructura los procedimientos del ensayo, la poesía y el drama, y del que no es ajena la música o la pintura. Integración artística para expresar la compleja experiencia del hombre en un universo que, gracias a la literatura, puede ser contemplado para ser entendido. Aquí está la clave del alcance de su obra: el conocimiento, como claramente se desprende del criterio del escritor: «Todo arte literario que con dignidad lleve tal nombre, ha de ser en alguna manera filosofía, conciencia esencial de la vida». Es la novela propia de un intelectual.

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