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Miércoles, 30 de enero de 2013

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Grafitos históricos (14). El villano de San Millán

Por José Miguel Lorenzo Arribas

Doce notas y una clave musical sobre pentagrama. Si fuera un enigma, los lectores más avisados podrían pensar que se trata de un mote de Schoenberg o de la miríada de cultivadores de la escala dodecafónica. Eso y un texto es lo que se aprecia en uno de los cientos de grafitos que conserva el monasterio riojano de San Millán de Yuso, ubicados mayormente, y no es casual, en el claustro bajo y en el espacio históricamente dedicado a noviciado. San Millán de la Cogolla se muestra como una localidad especialmente rica en el campo del grafito histórico, habida cuenta, como dijimos, del extremo interés de los grafitos medievales de la iglesia homónima de Suso. Estos grafitos del monasterio «de abajo» fueron estudiados hace una década por un equipo dirigido por Begoña Arrúe, imprescindible referencia de la historia del arte en La Rioja, formado por M.ª Jesús Martínez y M.ª Cruz Navarro, estudio imprescindible que esperemos no tarde mucho más en ver la luz. Algunos, en las labores de restauración del claustro, han sucumbido en la limpieza efectuada. Mayor interés, por tanto, el del trabajo de estas tres investigadoras.

El grafito que hoy tratamos representa una pauta musical de cinco líneas (pentagrama), sin división en compases, con una confusa clave de fa en tercera línea. Sobre dicho pentagrama se disponen doce notas cuadradas que, con las limitaciones que supone la técnica de la incisión espontánea y sin mayor preparación sobre revoco, parecen ser blancas. La música enriquece un texto que, en su tenor literal, escrito en una letra redonda bastante cuidada, tendente a la regularidad en la caja de escritura, parece decir:

el villano que le dan zebola

El grafito reproduce el íncipit de una canción/danza muy conocida y popular en la península ibérica al menos en los siglos xvi y xvii, si no antes. Se trata de la danza conocida como villano, citada con frecuencia en las obras literarias y musicales contemporáneas, con su temprana presencia en el continente americano y, finalmente, por las intabulaciones de la misma que ofrecen los libros de guitarra barroca. En su forma más conocida (hay diferentes variantes), tal como la recoge Margit Frenk, de incuestionable autoridad para las letrillas populares de estos siglos áureos, la letra decía así:

—Al villano ¿qué le dan?
—La cebolla con el pan.

En los siglos xvi y xvii la figura del villano, del «rústico», fue un tipo literario muy socorrido, que aparecía en infinidad de obras literarias (comedias, novelas, poemas…) de forma estereotipada. No podía quedar la música al margen, y formó parte del repertorio de las danzas de origen popular que se estilizan en el ambiente áulico (chaconas, pasacalles, alemandas, folías…), pudiendo acogerse a distintas coreografías, voleo, giradas, reverencias, paso y salto, etc. No parece aventurado suponer que el autor de dicho grafito debió de escuchar la piececilla y, no confiado en su memoria, apuntar su íncipit a modo de recordatorio. Sabía escritura textual y musical, por tanto, quizá debido al currículo pedagógico benedictino, que incluía algo más que rudimentos musicales para poder desempeñar correctamente las funciones monacales en las tareas del coro.

Recogen el villano (sin texto) los guitarristas barrocos Luis Briceño (1626), Gaspar Sanz (1674) y Francisco Guerau (1694). Con letra, y a tres voces, hace su presencia en un manuscrito de Romances y letras compilado en torno a 1600. Las versiones rasgueadas como la contenida en el Ms. 2973 de la Biblioteca Riccardiana, expresadas en acordes, muestran a las claras el aire popularísimo de la pieza. Francisco Salinas, el célebre teórico musical español, describe el ritmo del villano como «metro pirriquio» en 1577. Finalmente, Juan de Esquivel Navarro, en Discursos sobre el arte del danzado (1642) nombra el villano «o zapatetas», ofreciendo la mayor cantidad de información sobre cómo se interpretaba desde el punto de vista coreográfico.

Musicalmente, la melodía ofrece interesantes variantes con respecto a las conocidas, algo normal, y más cuando es la memoria el único soporte para retener una melodía escuchada no sabemos cuánto tiempo antes de haberla podido apuntar. El último do agudo, lleva a la pieza a una altura melódica que no recogen las variantes del villano incluido en otras fuentes musicales, quizá por un error en la transcripción, o, seguramente, reflejando las prácticas de la glosa propias de la interpretación de la pieza en vivo.

Canta desde su alma de cal este villano, en rústicos trazos coherentes con su naturaleza popular, que algún novicio, aprovechando la solfa aprendida para otros menesteres, no quiso olvidar, y dejó registrado.

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