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Miércoles, 9 de enero de 2013

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (40). Culebrones por entregas

Por José Miguel Lorenzo Arribas

El patrimonio cultural asoma a las páginas de la prensa envuelto en argumentos de folletín, confusiones entre valor y precio, cuando no celofanes retóricos romanticistas: intriga, tópicos y oscurantismo. En esta época de ideologías líquidas y valores tambaleantes, Indiana Jones parece que resucita una y otra vez con las características de tipo estable, indemne a los vaivenes de la moda y a las mudanzas del discurso.

El patrimonio como suceso alimenta las páginas ácidas de los periódicos diarios del quiosco o las virtuales de Internet, y la identificación entre piezas de interés histórico-artístico y tesoros resulta inevitable, porque todo se convierte en mercancía, en dinero, ese magma igualador al que cualquier cosa, en el mercado, se pretende referenciar. De paso, volvemos a la prensa periódica decimonónica, tan amiga de los continuará, especialista en «fidelizar» clientela haciendo lonchas de textos largos, novelitas mayormente, para obligar al lector o lectora fiel a comprar el siguiente número. En fin, nada nuevo, como sabía Sherezade, la especialista del eterno aplazamiento.

Que si un constable se vende por tantísimos millones de euros; que si un «claustro de estilo románico» se descubre y se ponen cámaras y presión periodística donde debiera haber serenidad y discreción; que si casi seiscientas mil monedas (los verdaderos tesoros de las novelas de Salgari, los que formaron imaginario en los tebeos, con los que sueñan los energúmenos que blanden detectores de metales) se extraen de un pecio sumergido y entonces sí, interesa el patrimonio; que si un exelectricista roba uno de los códices más importantes del siglo xii europeo de una catedral desprotegida cual mayordomo de Agatha Christie en casa victoriana; o que si una pobre anciana interviene en una pintura irrelevante de la iglesia de su pueblo y el estropicio provoca la mofa del mundo periodístico, del virtual y del real, y se llena el templo de curiosos no para apreciar la estropiciada pintura mural, sino para ser testigos del suceso, y los foros de opinantes que miran al dedo y no lo que este señala (el estado real del patrimonio y la dejación de tantas instancias en su conservación: mejor apalear a la más débil). Estos ápices mediáticos descubren la idea que sigue campando en el imaginario colectivo sobre lo que es y supone el arte, en demérito de una concepción más pausada, menos romántica y más profesional de las disciplinas de la restauración y conservación del patrimonio.

Los medios de comunicación de masas hoy, con sus flashes, micrófonos y webs, se instituyen como los antiguos grimorios, las gacetas de tesoros o esa curiosa bibliografía de la segunda mitad del siglo xix que se conoce como ciprianillos, libros en que se daban datos para encontrar tales fabulosos depósitos e incluían los exorcismos para los desencantamientos, poderosa fórmula sin la cual el cazarrecompensas poco tenía que hacer.

Uno de estos textos, editado hacia 1850 en La Coruña, asegura:

Que existen grandes tesoros sepultados en la concavidad de la tierra, nadie puede disputarlo; y entonces solo los sacrificios pueden recuperar los inconvenientes que proporcionan un favorable resultado. San Cipriano es bien público fue el precursor y el que descubrió los arcanos de la naturaleza por las conversaciones que tuvo con los que por vía de encantamiento han ocultado sus intereses, para cuya revelación estuvo 3 años en una cueva con el demonio de quien supo el dinero y alhajas que habían dejado sepultado los moros.

Quien esto escribió se hizo llamar Adolfo Ojarak. Muy amigo de invertir nombres, porque el libro entero es una broma, si retrogradamos el apellido nos queda una palabra que, a modo de interjección, avisa del juego, la misma que debían exclamar los buscadores cuando creían que encontraban algo, siguiendo las delirantes pautas de este tipo de bibliografía.

Este autor imprimió en el frontiscipio del libro: Si vis habere pecuniam labora et non ceses. Dudamos incluso de la máxima. En tema de tesoros, quienes más trabajan sobre ellos, de manera seria y sistemática, estudiándolos, restaurándolos, raramente se hacen ricos, y tampoco son objeto de la prensa.

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