Ciencia Y TÉcnica
Por Carlos Matta
En 1879, un misterioso doctor F. S. M. publicaba en Madrid, en la librería de León P. Villaverde, cierta obra titulada El diablo suelto: manual de juegos de manos, de naipes, cubiletes y física recreativa, al alcance de todos. El volumen, especificaba el título, estaba corregido y aumentado según los adelantos modernos, por lo que cabía suponer una edición anterior. Allí se enseñaba a los lectores a llevar a cabo, con o sin destreza, diversas manipulaciones con naipes, monedas o cubiletes, así como experimentos científicos basados en el manejo de tinturas o en la producción de reacciones químicas, y juegos varios como freír un huevo en un sombrero, machacar un reloj y devolverlo intacto o adivinar números y edades a propuesta del espectador mediante sencillas tablas. Sin excesos, sin dificultad, sin demasiada pompa: a veces eran suficientes dos o tres párrafos para explicar un truco, mientras que se pasaba muy por encima de aquellos que podrían resultar difíciles o peligrosos, recomendando siempre precaución y cautela. Los nombres de algunos de los juegos «fáciles» eran, por otro lado, lo bastante atrayentes como para intentar aprendérselos: «La luz cadavérica», «La leche convertida en sangre», «La antorcha de las furias», «La respuesta del otro mundo»; el lector no necesitaba más que eso para ser feliz. Magia Borrás antes de Magia Borrás: hechizos maravillosos para todo el mundo, para andar por casa.
En el prólogo, el autor relacionaba felicidad y credulidad, y hablaba del placer que experimentamos a menudo cuando sentimos que nos están embaucando (y ahí podríamos preguntarle: ¿entonces para qué escribe este libro?). Al menos, durante un ratito:
Hace cuarenta años el primer fantasmagórico español, Mantilla, embobaba con sus sombras y fantasmas, con sus juegos de aparato y de sorpresa, con sus suertes de escamoteo y de destreza. La generación que le vio maniobrar parecía ya cansada de esos prodigios; y como comenzaban a volver de la emigración muchos españoles que manifestaban cierto desdén por las cosas españolas, parecía en efecto que las habilidades de Mantilla iban a quedar relegadas a las plazas de las aldeas y a las diversiones de las ferias.
Este (Juan González) Mantilla, el «fantasmagórico Mantilla» a quien alude Larra en más de un artículo —y también, años después, Juan Valera en su correspondencia—, representó su espectáculo en Madrid, durante y después de la ocupación francesa, en el número 34 de la calle del Caballero de Gracia. En 1815, el mago prometía en el Diario de Madrid «espectros, esqueletos, fantasmas, retratos de hombres célebres, y una figura que alargará y encogerá el pescuezo» para los asistentes. Profesor de física experimental y mecánica y vecino de la capital del reino, según figura en alguna de las licencias que presentaba para continuar con su espectáculo, a Mantilla le denegaron la autorización para seguir ilusionando en 1827, probablemente por motivos políticos y cuando ya tenía más de sesenta años y estaba enfermo.1
Pero después y desde más lejos llegarían otros para seguir dándole cuerda al juego; en España se hizo famoso un inglés, mister Macallister, cuya habilidad, en palabras del apenado F. S. M., no era superior a la de Mantilla; sin embargo, ay, «¡Vale mucho un nombre rimbombante!».
Tampoco duraría para siempre la fortuna del británico, aunque esto no nos lo cuenta F. S. M. En 1847, se publica Palacio desencantado de mister Macallister, donde se destripan todos los trucos del «primer prestidigitador de Europa». En una introducción llena de ironía y de cinismo, los editores del libro, que «a fuer de buenos españoles no han querido hacerlo durante la permanencia del célebre Macallister en la corte por no perjudicarle en sus intereses y tener ocasión de dar una prueba de su caballerosidad», hablan de dinero, de reventas, de fraudes, de trucos antiguos…; y no lo acusan directamente, por supuesto, pero el lector percibe enseguida que tanto falso halago, tanta alusión velada y, sobre todo, el hecho en sí de la publicación quieren decir algo, algo como para ponerse a investigar.
Pero no hace falta ir muy lejos: al parecer, según los que conocen la historia, Macallister revendía las entradas que el teatro le asignaba; el Palacio desencantado se convirtió, así, en la venganza del empresario. Otra manera distinta a la de F. S. M., parece que por diferentes motivos, de quitar la máscara.