PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Hay enclaves que parece que todo lo tienen, al menos con una mirada superficial. Luego, te acercas a ellos y… ¡es verdad! San Millán de Suso es un conocido templo riojano cuyas excelencias arquitectónicas visigodas, mozárabes y románicas no vamos a cantar aquí, por suficientemente conocidas. Tampoco insistiremos en que fue el edificio que acogió al autor de las celebradas Glosas emilianenses, esas inaugurales palabras en romance que son de los primeros testimonios escritos de la lengua en que ustedes leen estas líneas, y lo mismo podría decirse del euskera. Las obras de su memorable escriptorio enorgullecen a las bibliotecas y archivos que hoy las atesoran. Tradiciones orales quieren que los ocho sarcófagos que se conservan en su pórtico hubieran acogido los cuerpos de los Siete Infantes de Lara (las cabezas se las disputan varias localidades) y su ayo. Pero nos convoca hoy este venerable templo por unas manifestaciones más humildes que se conservan en el paramento exterior de la nave, en su muro sur, protegidas por el atrio: sus grafitos medievales.
En una acumulación inusual, por la calidad y cantidad, con trazo bastante bien marcado y con restos de policromía en el bisel de su incisión, campean unas marcas sorprendentes, cuyos rasgos estéticos y paleográficos sin duda nos llevan a los siglos centrales de la Edad Media. Quienes fueran los autores (¿monjes?, ¿peregrinos que iban a visitar al santo?, ¿pobladores locales?) nos dejaron testimonio de su presencia. Nudos de los llamados de Salomón, signa tabellionis, torres y fortificaciones, estrellas de variado número de puntas, pájaros, guerreros, otras representaciones antropomorfas… y una cantidad de textos que requieren estudio aparte. Distan mucho de estar bien estudiados estos grafitos, aunque contamos con el libro del que fuera durante muchos años guardés del monumento, don Teodoro Lejárraga, trabajo firmado junto a Miguel Ibáñez: Los grafitos del Monasterio de San Millán de Suso (Logroño, 1998). Con cautela, podemos acercarnos a la riqueza de estas incisiones.
Un grafito merece especial atención. Se trata de una retícula dispuesta bajo una palabra: OBIEɊO. En el libro antedicho, se reproduce calcado el grafito, y se especula con que se trate de un mapa de la ciudad de Oviedo, a modo de moderno plano urbano. Visto así, las rayas ortogonales serían calles, sin que faltase alguna transversal, a modo de Diagonal barcelonesa. Pero esto nos lleva al necesario cuidado que hay que guardar cuando se hacen ciertas afirmaciones, y las siguientes objeciones anulan la posibilidad de encontrarnos ante una imagen cartográfica. En primer lugar, se lee «OBIEDO» en la transliteración de estos autores, aunque realmente es una Q lo que parecía letra similar a la D, cuyo rabito no se calca en la reproducción dibujada, lo cual da lugar a más confusión. La histórica ciudad asturiana se nombra en la época medieval siguiendo el topónimo latino, Ovetum, y sería raro que de ahí se derivase la palabra que realmente podemos leer. En segundo lugar, al menos en principio, la palabra no se escribiría en dativo o ablativo, casos que se emplearían si la intención fuera referirse a la ciudad. Como tercera objeción, el dibujo publicado tampoco es un calco fiel, sino bastante alterado… lo que da la impresión de que se sigue más la traza del Oviedo medieval (según se ve en algún plano —éste sí— del siglo xviii) que las incisiones medievales, quitando o poniendo al antojo. Abundando más, no hay precedentes de representaciones urbanas a modo de vista aérea (en planta) en estos siglos xii-xiii, cuando debió incidirse el grafito. Además de los primitivos mappaemundi, más simbólicos que cartográficos, las posteriores cartas náuticas y cartulanos bajomedievales muestran un modo bien distinto de representar las ciudades. Finalmente, estas retículas que se interpretan como vías urbanas las encontramos formando parte de la decoración de relleno en otros grafitos emilianenses, a escasa distancia del anterior.
¿Qué representa entonces el misterioso grafito? Como en tantas ocasiones, lo prudente es callarse, describirlo sin pretender interpretarlo, o reconocer nuestra ignorancia. No es un arcano en sí, sino que no sabemos explicarlo, que es distinto, por falta de correspondencias y porque seguramente, de puro espontáneas y populares, muchas manifestaciones escapan a nuestros corsés académicos, que nunca han estado atentos a los saberes que vienen desde abajo.