Música y escena
Por Llanos Navarro García
Pocas relaciones artísticas son tan conocidas (y tan fecundas) como la que Joan Manuel Serrat mantiene con dos de los mejores poetas españoles del siglo veinte. Antonio Machado y Miguel Hernández han emocionado con sus letras incluso a aquellos que jamás se han enfrentado a un texto escrito de poesía, a través de las canciones del poeta catalán. Benedetti fue una adquisición más tardía, con la diferencia —bastante significativa para algunos— de que, en este caso, se pudo contar con el beneplácito del autor antes de someter sus versos a los acordes de su guitarra.
Sin embargo, Serrat no solo recibe el influjo de los autores mencionados, cuyos versos recoge, con gran fidelidad, por cierto, en canciones como El niño yuntero, Las nanas de la cebolla, La saeta o A un olmo seco. Lorca también tiene su lugar en la discografía del cantante catalán, y Cernuda. Son dos poemas, Herido de amor y Te quiero, del granadino y del sevillano, respectivamente, los que utiliza para crear sendas canciones, en las que el lirismo del texto original proporciona al resultado una belleza incuestionable. Escuchamos las canciones y reconocemos la autenticidad de la emoción estética que nos producen, reconocemos la voz y los acordes propios del catalán, la cadencia de sus ritmos melódicos, el tono intimista, el estilo recurrente. Sin embargo, pese a identificar las palabras de Lorca y de Cernuda claramente, los echamos de menos. Decidimos, pues, volver a los poemas. Los releemos y contenemos la respiración ante tanta belleza. Ante esa contundente y plástica expresión del dolor del olvido que Lorca nos ofrece, ante las imágenes teñidas de surrealismo con que Cernuda nos acerca a la concepción romántica y, por lo tanto, fatídica del amor, que siempre expresó en sus versos. No es solo que la melodía haya suprimido o escondido recursos rítmicos, como la rima o la aliteración, en el primer poema, o que en Más que a nadie se haya destruido la expresiva gradación en que reside la mayor parte de la fuerza de la composición de Cernuda, es algo más. Es la ausencia o, al menos, la mitigación notable del tono agónico y trascendente que los poetas andaluces habían proporcionado a sus textos. Es, en definitiva, la transformación de dos poemas del 27 en dos canciones del siglo veinte.
Igual tenía razón el poeta Eloy Sánchez Rosillo cuando, hace ya un par de décadas, se indignó con uno de sus alumnos de la Facultad de Letras, en la Universidad de Murcia, cuando apareció, radiocasete en mano, dispuesto a ilustrar su aproximación a Antonio Machado con la audición parcial del monográfico que Serrat le había dedicado en el sesenta y nueve. La verdad es que en ese momento su reacción no fue bien entendida. Pero, al margen de susceptibilidades propias de artistas, lo cierto, lo incuestionable, es que Serrat, por un lado, ha sido capaz de rescatar del olvido (no del de los lectores de poesía —tan minoritarios—, obviamente) composiciones que de otro modo mucha gente nunca hubiera disfrutado, y que lo ha hecho, no sólo con dignidad, sino, incluso, con maestría incuestionable. Sin embargo, igualmente cierto es que, con ello, ha llevado a cabo una reinterpretación personal de la obra de otros poetas y esa lectura es la que ha transmitido, la que, en cierto modo, su éxito ha impuesto. Lo que su público conoce no es la obra de Machado o de Miguel Hernández, sino la interpretación que de ellos hizo el cantautor.
Personalmente, no me gustaría tener que renunciar a las versiones musicales que el barcelonés hizo tan célebres, ellas constituyeron mi primer acercamiento a la poesía. Pero, hoy, una vez franqueado el acceso al ámbito —no tan fácil— del género, reconozco que Serrat es más Serrat cuando las letras son suyas.