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Viernes, 27 de enero de 2012

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El Cachorro al abordaje

Por Joan Ripollès Iranzo

Desde que, en 2003, quedó inaugurada la franquicia de Piratas del Caribe, el subgénero ha vivido una cierta revitalización. Este fenómeno ha alcanzado a nuestro país de manera más o menos directa con la incorporación de Penélope Cruz a la última entrega de la saga,1 la puesta en marcha de la serie Piratas —en la que Óscar Jaenada interpreta a Álvaro Mondego, sucedáneo autóctono del ambivalente Jack Sparrow— o la exótica portada del último álbum del trío de tecno-rumba Camela, que imita los carteles de tan divulgadas superproducciones.

El cine de piratas ya se había infiltrado en nuestra cinematografía durante los años sesenta, bajo régimen de coproducción con Italia, país que había convertido el subgénero en uno de los filones que había que explotar en sesiones alimenticias de barrio. Sandokán, el magnífico (1963) y Los piratas de Malasia (1964) de Unberto Lenzi, Los tigres de Mompracem (Mario Sequi, 1970) o El Corsario Negro (Lorenzo Gicca Palli, 1971) fueron algunos de los títulos rodados en esa época, en su mayoría inspirados en la narrativa de Emilio Salgari que, a caballo entre dos siglos, había asentado las bases de un poderoso imaginario popular, que acabaría de configurarse merced a las novelas de Rafael Sabatini y las epopeyas marinas del Hollywood clásico.

Todo ese material insuflaría vigor y color a la obra de nuestros autores de kiosco, entre los que sobresale Juan García Iranzo, uno de los historietistas más creativos de la posguerra. Nacido en el municipio turolense de Muniesa, en 1918, Iranzo hace vida y carrera en Barcelona, participando en la elaboración de cortometrajes de animación, al tiempo que ilustra algunas portadas de libro. Se estrena como dibujante y guionista de cómic en 1944, con una serie cómica y otra del Oeste. Desde entonces, su firma —a veces sustituida por el pseudónimo Iribarren, arrancado a los apellidos maternos— permanecerá unida al devenir de la industria española del tebeo, hasta despedirse con las desenfadadas aventuras de Don Cipote de la Mancha, publicadas en la revista Makoki en 1989, nueve años antes de su muerte.

Involucrado en un largo listado de títulos, sintió siempre especial inclinación por el humor y la aventura, no tardando en abordar la piratería. En 1945 publica —en la revista Chicos— la serie El Pirata Desconocido y, al año siguiente, perfecciona su estilo en el serial El Capitán Coraje, publicado por Ediciones Toray. Ese año 1946, trabaja ya para cuatro casas editoriales distintas, acrecentando su fama y capacidad de trabajo, que alcanzará su apogeo a partir de 1951, año en que nace su personaje más recordado: El Cachorro.

El Cachorro no era otro que el precoz Miguel Díaz de Olmedo que, empezando desde el más bajo escalafón, escalaba puestos dentro de la Armada española, hasta convertirse en capitán del galeón corsario El Águila del Caribe, terror y exterminio de piratas y demás enemigos de nuestro imperio. Capaz de las mayores hazañas y los más bárbaros sacrificios, El Cachorro no dudaba en hacerse pasar por pirata para desenmascarar y derrotar a sus contrincantes, y no hubo aspecto de la vida aventurera que él y sus amigos —el lugarteniente africano, Batán, y el capitán Fierro— no afrontaran a lo largo de los doscientos trece episodios que los mantuvieron en lucha, primero contra los piratas caribeños y luego contra los berberiscos del Mediterráneo.

El serial se prolongó a lo largo de casi diez años, hasta el filo de los sesenta, convertido en uno de los clásicos más influyentes de la época y en nuestra principal aportación al género popular de la piratería. Si bien la trama nacía fruto de una promesa de venganza familiar y patria, su desarrollo exudaba puro espíritu aventurero: acción, violencia, exotismo, romanticismo y distensiones cómicas, todo a un ritmo frenético que convertía el comienzo y el final de cada episodio en un cenit de vertiginosas emociones. El realismo de algunas escenas de lucha congeniaba con la caricatura maniquea que solía definir a los grotescos antagonistas, la acción más ruda se combinaba con un casto romanticismo y, en mitad de cualquier escabechina, no faltaba nunca algún chascarrillo promotor de la media sonrisa.

Junto a los hoy rescatados El Capitán Trueno, El Guerrero del Antifaz y El Jabato,2 El Cachorro forma parte de la plana mayor de la gran épica de kiosco que alegró la vida y alimentó la imaginación de varias generaciones de chavales atrapados en la gris mansedumbre redomada del franquismo. Tengámoslo presente al zambullirnos hoy en las aguas revueltas sobre las que navegan los atildados piratas del nuevo milenio.

  • (1) Piratas del Caribe: En mareas misteriosas (Pirates of the Caribbean: On Stranger Tides, Rob Marshall, 2011). volver
  • (2) El Capitán Trueno (1956) y El Jabato (1958) fueron ideados por Víctor Mora, mientras que El Guerrero del Antifaz (1944) había sido fruto de la imaginación de Manuel Gago. volver
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