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Jueves, 19 de enero de 2012

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Ciencia Y TÉcnica

Pulidores (5). Serafina Yoldi (1886-1961)

Por Andrés Carrobles

En la primavera de 1899, cuando aún no había cumplido los trece años, Serafina Yoldi alargó la mano hacia uno de los anaqueles de la biblioteca de su difunto padre y extrajo de allí el Tratado completo de la ciencia del blasón, de Modesto Costa y Turell, publicado en Barcelona en 1856 por la imprenta de Antonio Brusi, la primera en utilizar la litografía en España.

Aquello —lo de la concesión de la litografía— había sido en 1820, cuando aún no había muerto Antonio Brusi y Mirabent, fundador de la imprenta y editor durante años del Diario de Barcelona. Pero aquello otro —lo de la publicación del libro— fue mucho tiempo después, cuando el propietario de la imprenta y del Diario era ya el hijo de Brusi y Mirabent, Antonio Brusi y Ferrer. Y en fin, lo último —lo del libro en sí y el porqué de su presencia en la biblioteca de los Yoldi— es un poco más largo, pero cabe en unas líneas: en 1875, cuando Alfonso XII nombra a Brusi y Ferrer primer Marqués de la Casa Brusi, el director del Diario es el periodista Juan Mañé y Flaquer; en aquel tiempo, uno de los redactores más jóvenes del periódico se llama Domingo Yoldi. Durante los meses posteriores a la celebración del flamante marquesado, Brusi hijo regala a Mañé —que acaba de publicar La paz y los fueros en la imprenta del Diario de Barcelona— varios libros editados por él; entre ellos se encuentra el Tratado completo de la ciencia del blasón, que en 1886 Mañé regalará a su vez a su discípulo y amigo Yoldi, a la sazón padre primerizo de una niña llamada Serafina.

En la primavera de 1899, Serafina Yoldi abre por casualidad ese libro, lee la dedicatoria —«A mi querido amigo D. Domingo Yoldi, / el día del nacimiento de su primera hija. / Con el abrazo afectuoso de su amigo / Joan Mañé i Flaquer. / Barcelona, 16 de noviembre de 1886»—, acaso reprime un gesto y ya no deja de leer durante tres horas seguidas. Todavía no lo sabe, pero ese va a ser el comienzo de una vida dedicada a la ciencia heráldica y genealógica.

Mucho antes de eso y bastante lejos de allí, en Nápoles y en 1676, fray Jerónimo de Sosa, franciscano, lector jubilado de Teología en el convento de Santa María la Nova, publicaba su Noticia de la gran casa de los marqueses de Villafranca y su parentesco con las mayores de Europa, en el árbol genealógico de la ascendencia en ocho grados por ambas líneas…, donde utilizaba un método para numerar los ancestros que años después se haría famoso. A diferencia de otros genealogistas, que partían de un antepasado célebre y, mediante asociaciones a veces rocambolescas, llegaban al sujeto en cuestión, Sosa parte del Marqués de Villafranca (a quien dedica su obra) y sigue caminando hacia atrás o hacia abajo, tal y como contemplaríamos un árbol, pues «así vemos que a la primera vista de vn árbol nunca se van los ojos a la raíz, sino después de hauer dado vista a las ramas». El método, que no era nuevo —lo había utilizado en 1590 el aristócrata austríaco Michel Eyzinger—, otorga el número 1 al sujeto cuya genealogía se quiere estudiar; el 2 a su padre y el 3 a su madre, y a partir de ahí cada hombre lleva el número doble al de su hijo o hija, y cada mujer el doble más uno. Desde que lo popularizó el genealogista alemán Stephan Kekulé von Stradonitz en 1898, este sistema se conoce como Sosa-Stradonitz o, más a menudo, Ahnentafel.

Si damos crédito a lo que escribe Serafina Yoldi en sus Memorias genealógicas, nada de esto sabía la joven cuando, en el otoño de 1900, con catorce años recién cumplidos, concibió por su cuenta y desde la biblioteca de su padre un método muy similar de numeración de ancestros. Muy similar, pero no exacto: Yoldi, con una lógica aplastante —tal vez en consonancia con su edad, pero sin duda no con su tiempo—, otorga el 2 a la madre, el 3 al padre… y así sucesivamente, con valores 2n para las mujeres y 2n+1 para los varones, «pues el hombre no desciende de varón sino de mujer». Ni su madre ni el segundo marido de esta le dan la menor credibilidad a la idea de Serafina, quien a partir de entonces, quizá como venganza, se dedicará a rastrear el origen de su apellido paterno; con más que frecuentes desviaciones laterales, eso sí, hacia las mujeres de la familia, ampliamente estudiadas en unas Memorias que llevan como subtítulo 150 años de los Yoldi navarro-catalanes (1792-1942) y que la autora pudo publicar gracias a la ayuda de los hermanos Alberto y Arturo García Carraffa, los responsables del monumental Diccionario heráldico y genealógico de apellidos españoles y americanos.

A los García Carraffa también debemos El solar vasco-navarro, de 1933, donde ya se recogía, por cierto, la historia de los Yoldi.

Pero eso es otra historia; la historia de otros Yoldi no invisibles.

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