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Viernes, 13 de enero de 2012

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CULTURA Y TRADICIONES

Jugando con el juego del poder (¿y 3?)

Por Irene Cuervo

El primer paso es leer atentamente la información que me proporciona mi amigo. Allí veo, para empezar, que las instrucciones del juego están en cuatro idiomas en la Wikipedia: inglés, francés, español e ido. En español y en inglés, el djambi se atribuye a Jean Anesto; en francés, en cambio, figura como obra de Pierre Spindler; en ido no se menciona autoría.

Busco información sobre Spindler y Anesto. En el catálogo de la Biblioteca Nacional francesa encuentro a un Pierre-Éric Spindler que firma en 1975 y 1977, en la Ludothèque de l’Impensé radical, dos manuales dedicados respectivamente al ajedrez japonés (o shogi) y al ajedrez chino (o Xiang-Qi); de Anesto no encuentro nada concluyente, más allá de que la BNF lo cite como autor, «avec la collaboration de Cyrille Javary et Derrick Knight», del juego del djambi —subtítulo: l’échiquier de Machiavel ou la lutte pour le pouvoir—, publicado en 1975 en Londres y en París.

En un primer momento yo había pensado que el Yang Pî de Bartra y compañía era una gran broma: un juego en clave político-literaria creado por el Laboratorio de Estudios Sociales y disfrazado de apócrifo oriental y de manuscrito perdido. En cuanto leí la entrada del djambi pensé que, en realidad, el Yang Pî de Bartra y compañía era tal vez otra gran broma: una relectura y una reinterpretación político-literaria del Laboratorio a partir de un juego francés. A fin de cuentas, ¿no realizó Bartra un doctorado en la Sorbona?; ¿no figura Cazés en las instrucciones como investigador del CNRS parisino? No sería raro, por tanto, que conocieran un juego que, si damos crédito a lo que se dice en Internet (aunque cualquiera le da crédito a lo que se dice en Internet), se hizo muy popular en Francia a mediados de los setenta.

Pero la relación de Spindler con los juegos orientales me despista. Y además, como todavía tengo abierta la página de la BNF, se me ocurre pinchar en la ficha de este tal Cyrille Javary y resulta que es sinólogo y creador del Centre Djohi para el estudio del I Ching, lo que me hace pensar que el juego milenario chino podría existir y que el djambi de Anesto (o de Spindler, o de quien sea) es otra gran broma, otra relectura y otra reinterpretación del (o de otro) Yang-Pî.

En todo caso, aquí hay alguien que miente; eso está clarísimo.

Sigo consultando páginas y páginas con referencias que se completan o se contradicen: que si las reglas del juego están basadas en los sucesos de Mayo del 68, que si fueron publicadas por un grupo de alumnos de Foucault, que si el djambi fue objeto de debates intelectuales entre Debord, Lebovici y (otra vez) Foucault, quien escribió un posfacio a las instrucciones; que si existe un opúsculo escrito por Didier Hallépée en (de nuevo) L’Impensé radical… Y por supuesto otros nombres más comerciales con que el juego se ha dado a conocer: en España lo han llamado, así, El Candidato o El Líder.

Vencida y abrumada por los datos, quiero creer que Bartra, Borja, Coello, García Olvera, Medrano, Calvo y Cazés nos están engañando con la verdad. Que sí existen el juego chino y los misioneros jesuitas y la referencia perdida en la enciclopedia del reinado de Yung-lo; que sí que es cierto que Mao Zedong, refugiado en las montañas de Hun Nan y de Chiang Hsi, conoció y practicó el juego, y comprendió. Que tal vez ellos, los miembros del Laboratorio, se han limitado a pulir, estudiar, retocar nombres y descifrar símbolos. Que lo que nos venden como verdadero para que creamos que es falso es, en realidad, sencillamente verdadero. Y entonces vuelvo a la página 37 del estudio, donde los autores citan esta anécdota hebrea relatada por Gramsci:

¿A dónde vas?, pregunta Isaac a Benjamín. A Cracovia, responde Benjamín. ¡Embustero! Dices que vas a Cracovia para que yo crea que vas a Lemberg. Pero sé muy bien que vas a Cracovia. ¿Qué necesidad tienes, pues, de mentir?

Eso: ¿qué necesidad?, repito; y me da la risa mientras, para mis adentros, más perdida cada vez, les doy las gracias a los mentirosos responsables de todo este lío.

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