MÚSICA Y ESCENA
Por Alba Bergua Muntoner
Mi madre nos llevaba al colegio en un Renault 5 rojo, matrícula M-2236-JH. Por el camino —entre veinte y treinta minutos de carretera; vivíamos lejos— escuchábamos a Paco Ibáñez, a Edith Piaf, a Alberto Pérez, a Georges Moustaki, a Luis Eduardo Aute, a Joan Baez y a otros autores cuyo nombre callo por pudor (Roberto Carlos, Patxi Andión, Ana Belén, ¡Gloria Lasso!), pero a los que ahora tampoco puedo oír sin emocionarme. Por encima de todos ellos recuerdo a Joan Manuel Serrat, de quien mi madre nos ponía tres cintas: dos recopilaciones de grandes éxitos como «Mediterráneo», «Fiesta», «Señora», «Tu nombre me sabe a yerba» o «Lucía», y una que se llamaba Mis poetas y que por un lado tenía ocho canciones-poemas de Antonio Machado y por el otro cinco canciones-poemas de Miguel Hernández. Y yo ya no recuerdo si lloraba más con «El niño yuntero» o con las «Nanas de la cebolla» (que tenía música de Alberto Cortez, según leí más tarde), pero les juro que lloraba de verdad, que nunca en mi vida he llorado tanto con una melodía.
Luego he sabido que esa cinta, Mis poetas, era la tercera parte de un Álbum de oro que Serrat sacó en 1981. Y que los discos dedicados respectivamente a Machado y a Hernández (de 1969 el primero, de 1972 el segundo) recogían más canciones que no he escuchado hasta ahora, veintitantos años después, como «Guitarra del mesón», «A un olmo seco», «Menos tu vientre», «Canción última» o «Umbrío por la pena». Ha sido en 2010, año hernandiano en que Serrat saca disco hernandiano, Hijo de la luz y de la sombra.
Nunca he podido leer los cantares de Machado ni los tercetos para Ramón Sijé sin adecuar a la música de Serrat los versos de sus poetas. Tiempo después de los viajes al colegio con las cintas de mi madre, recuerdo haber leído los poemas y haber pensado en alguna ocasión: «Esto está mal», como si el texto fiable, el auténtico, no fuera otro que el de esas canciones que yo me sabía de memoria. De repente los cantares eran varios, no uno solo: Serrat había cogido versos por aquí y por allá, de composiciones diferentes, y había formado con ellas un poema nuevo, e incluso a veces había añadido una estrofa de su cosecha, una estrofa-homenaje para Machado. En otras ocasiones era al revés: había sacado del poema una cuarteta, una seguidilla, un serventesio, un par de sílabas, y el resultado no perdía ni un poco de fuerza. Al contrario; de hecho, el último verso de Para la libertad, el forzado «porque aún tengo la vida», que exige una sinalefa muy violenta, me sigue sonando mucho mejor en la versión cantada: simplemente, rítmicamente, heptasílabamente, «aún tengo la vida».
Pero luego estaban esos recitados tan suyos: a veces el Noi se despistaba al leer y, por hacer esdrújulo un hipocondriaco, se le olvidaba que tenía que rimar con tabaco. O modificaba ligeramente un verso: «debeisme cuanto he escrito» se quedaba en «me debéis cuanto escribo», más sencillo, sí, pero luego la rima con habito era imperfecta. O cambiaba un mar masculino por otro femenino, o transformaba sin darse cuenta la dedicatoria a Ramón Sijé, «con quien tanto quería», en un mucho más plano «a quien tanto quería». Como en aquellos años yo no había leído a Machado ni a Miguel Hernández, nunca me di cuenta de nada de eso y, naturalmente, no voy a reprocharle nada a Serrat a estas alturas.
Más adelante supe de los problemas para fijar el texto del Cancionero y romancero de ausencias; de las distintas versiones, de los diversos manuscritos. Imagínense mi conmoción cuando leí eso de «Ríete, niño, / que te tragas la luna / cuando es preciso». ¿Cómo tragas? ¡Será traigo, que es lo que dice la canción!
Y así es. Al final, Serrat ha hecho tan suyos a sus poetas que, cuando uno busca por ahí los versos de Machado y Hernández —aclaro que por ahí es Internet—, la mayor parte de las veces se encuentra con las letras de las adaptaciones musicales. Sorprende entonces, y alegra, coger un libro, descubrir un verso nuevo, uno que no hemos escuchado nunca, y decidir que nos lo quedaremos, que será para nosotros.