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Martes, 25 de enero de 2011

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ARTE / Claroscuro

Judit y Holofernes

Por Laura Rodríguez Peinado

Quedó Judit sola en la tienda, y Holofernes tendido sobre su lecho, todo él bañado en vino. Dijo Judit a su sierva que se quedase fuera de la alcoba… Y acercándose a la columna del lecho que estaba a la cabeza de Holofernes, descolgó de ella su alfanje; llegándose al lecho, le agarró por los cabellos de su cabeza y al tiempo que decía: «Dame fuerzas, Dios de Israel, en esta hora». Y con toda su fuerza le hirió dos veces en el cuello, cortándole la cabeza… y tomándolo, salió enseguida, entregando a su sierva la cabeza de Holofernes.

(Judit 13, 2-9)

Esta es la historia que narra la pintura que frente a La Leocadia y junto a Saturno se situaba en el comedor de la planta baja de la Quinta de Goya en el Manzanares. Pero aquí Judit, más que la heroína judía viuda de Manasés, ante cuyos encantos cae rendido el general asirio sitiador de Betulia, es la amante que asesta el golpe mortal a su amado cuando este ha sucumbido a sus encantos. Y la sierva que aparece en primer plano, más bien parece la celestina que guía a la mujer y provoca la perdición del hombre.

Goya presta más atención a la acción del personaje que a los aspectos narrativos. Judit no va enjoyada y engalanada como en la narración bíblica, sino que es una joven voluptuosa, con un pecho prominente que se deja adivinar a través de su escote, y cuya presencia es capaz de anular a un hombre. No es la alegoría de la templanza que vence a la lujuria, o la de la humildad que vence a la soberbia, simbología que se le había venido asignando, sino que aquí, en consonancia con la imagen que se repite continuamente en la obra del pintor, la mujer se muestra cautivadora y engañosa, lujuriosa y soberbia, capaz de atrapar al hombre en sus redes y anular su voluntad.

La capacidad expresiva con que se resuelve la composición, acentuada por el juego de luces y los colores oscuros aplicados en una técnica muy suelta, acentúa aún más la imagen de Judit como mujer tentadora, que incita al pecado y a la muerte.

El emparejamiento de temas bíblicos y mitológicos fue una práctica habitual en los ciclos pictóricos desde el Renacimiento, donde la unión Judit-Saturno ya había sido plasmada por varios pintores. En las fuentes literarias, el coraje y fortaleza de la heroína judía se contraponían al poder irracional del dios, pero es posible que Goya, en su vejez, estuviese angustiado por el paso del tiempo y viese en la mujer una nota de frescura capaz de aportarle la energía que ya le faltaba.

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