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Viernes, 21 de enero de 2011

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LITERATURA

Qué es lo que hace a un clásico (1)

Por Carlos Rod

Antes de nada, una obviedad: llevar a cabo una selección de autores clásicos requiere necesariamente crear un canon literario. Cada época se impone el cometido de clasificar la materia literaria con el objeto de canonizarla, de la misma forma que la Iglesia tras un largo proceso declara santa a una persona fallecida. El fin, se supone, no es otro que consolidar una tradición literaria. Durante los siglos xix y xx autores tan dispares como Sainte-Beuve, T. S. Eliot, E. R. Curtius, H. G. Gadamer, Italo Calvino, Borges o J. M. Coetzee, entre muchos otros, han abordado la cuestión de qué cosa es un clásico. Pero tanto la asignación como la definición de este concepto vienen dando guerra desde mucho tiempo más atrás a través de permanentes debates y, en ocasiones, malentendidos.

La Real Academia Española, en la vigésima segunda edición de su discutido Diccionario, emplea nueve acepciones para definir clásico. Si bien, según la primera de ellas, clásico es el «periodo de tiempo de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, etc.», en la tercera, «dicho de un autor o de una obra», es aquel «que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia». Calvino, en cambio, en uno de sus ensayos póstumos, Por qué leer los clásicos (Tusquets, 1993), propone y argumenta un total de catorce definiciones, en la décima tercera de las cuales (donde explica que «es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo») contrasta lo clásico con lo actual, de resultas de lo cual lo antiguo, gracias a que conserva sus cualidades intactas, resiste, como suele decirse, el paso del tiempo y prevalece frente al empuje constante y tiránico de «lo más nuevo».

A juicio del prestigioso romanista y crítico literario alemán Ernst Robert Curtius (1886-1956), si se hubiera entendido el significado de classicus, no habría habido discusiones sobre el clasicismo: «Como no se comprendió, este concepto quedó rodeado de un nimbo misterioso que recuerda el pulido mármol del Apolo de Belvedere». Precisamente, para resolver este entuerto, el capítulo XIV de su admirable y voluminoso estudio Literatura europea y Edad Media latina (Fondo de Cultura Económica, 1955) está dedicado íntegramente al clasicismo, en donde entre otros relevantes asuntos trata el de los géneros y los catálogos de autores, así como el origen de la palabra clásico. «Los alejandrinos [a los autores modélicos] los llamaban “los aceptados”». Sin embargo, la palabra classicus, nos dice, «no aparece sino muy tarde, y en sola ocasión: en Aulio Gelio (Noches áticas)», para quien un autor modelo es «cualquiera de entre los oradores o poetas, al menos de los más antiguos, esto es, algún escritor de la clase superior contribuyente [classicus adsiduusque aliquis scriptor], no un proletario». Por ello, apunta Curtius algunas líneas después, «es tarea de las lenguas modernas investigar cuándo y dónde penetró en la cultura moderna el término que Gelio empleó en un caso aislado» hace ya dos mil años, que con el tiempo ha devenido en un concepto tan fundamental en Occidente. Tanta importancia da Curtius a esta cuestión que en un momento dado se pregunta: «¿Qué habría hecho la estética moderna para reunir bajo un solo concepto a Rafael, Racine, Mozart, Goethe —añádase aquí, por ejemplo, a Calderón, Goya y a Valle Inclán— de no haber existido Gelio?».

A principios del siglo xix, la Antigüedad grecorromana fue declarada clásica en todo su conjunto. No es éste el momento de discutir el acierto o desacierto de tal medida, aunque pocos críticos hoy parecen ponerla en duda. En España, basta ojear el catálogo de autores de los que se nutre el repertorio de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, cuya palma se la lleva desde luego el incombustible Lope de Vega, para comprobar que se procedió de idéntica manera con la literatura dramática originada en nuestra lengua durante los siglos xvi y xvii, una vez se elevó toda ella, sin distinción y cual cajón de sastre, a la categoría de clásica.

Pero antes de terminar, vaya por delante otra evidencia: si cuando un autor queda admitido en el canon, se inicia una revisión de las normas que hasta ese momento se han considerado clásicas, un proceso semejante debería ocurrir cuando, a la inversa, se cuestiona la obra de un clásico y, en consecuencia, se propone su exclusión del canon. En relación con esto último, cabe traer a colación un oportuno y razonado artículo, publicado en ABC el 21 de julio de 1962, con el que Rafael Sánchez Ferlosio celebró a su manera el centenario de Lope de Vega: «[…] a nuestro interés no se puede ofrecer como literatura lo que no ha sido más que el instrumento de un juego cortesano del pasado, sin que de su sentido y contenido ni al autor ni a los públicos del tiempo les importase, por sí mismo, un bledo». La conclusión del mismo es inequívoca: «Buena ocasión es esta de su centenario para insinuar tímidamente que ya va siendo hora de empezar a pensar en enterrarlo». Casi cincuenta años después, a la luz de los hechos, claro está que tal sugerencia quedó en agua de borrajas. Lope de Vega, acaso más vivo que nunca, sigue aquí, frente a un público, que a juicio de Ferlosio, parece haber cambiado poco o nada a lo largo de los siglos.

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