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Martes, 11 de enero de 2011

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ARTE / Claroscuro

Pinturas negras o Caprichos

Por Laura Rodríguez Peinado

La denominación de Pinturas negras para las decoraciones murales de las estancias de la Quinta de Goya a orillas del Manzanares parece datar de finales del siglo xix, quizás a partir del momento en que fueron arrancadas del muro y pasadas a lienzo en 1874 —proceso en el que sufrieron considerables daños— para ser exhibidas, en 1878, en la Exposición Universal de París, donde fueron calificadas de incongruentes, audaces, insólitas y agresivas por la crítica oficial. En un primer momento se conocieron como Caprichos y formaban parte de esos asuntos «caprichosos» e inventados donde se mostraba la extravagancia de la sociedad, al tiempo que servían al artífice para ejercitar su fantasía, todo lo cual los acerca temáticamente más a los Disparates.

Decoraron dos estancias de la Quinta, aunque no se descarta que también hubiese pinturas en la escalera de acceso a la planta principal. Según los informes del pintor y amigo de Goya Antonio Brugada, en la sala del piso inferior figuraban Leocadia, Dos viejos, Saturno, Judith y Holofernes, Aquelarre, Romería de San Isidro y, probablemente, Dos viejos comiendo sopa. Y, en el comedor del piso superior, La lectura, Dos mujeres y un hombre, El perro, Cabezas en un paisaje (colección particular), Duelo a garrotazos, Las Parcas, Asmodeo y Peregrinación a la fuente de San Isidro. Las pinturas al óleo sobre muro estaban enmarcadas por recuadros de escayola y destacaban sobre paredes cubiertas con papeles pintados que reducirían su intensidad dramática.

Carmen Garrido ha puesto de manifiesto, tras someter las pinturas a estudios radiográficos, que salvo en Aquelarre, debajo de las pinturas existían otras más luminosas y con composiciones diferentes, más apropiadas a la decoración de una casa de campo, que en parte fueron aprovechadas en las posteriores, como se puede apreciar en los celajes de El perro o Lucha a garrotazos, pero se desconocen los datos sobre su autoría y las razones por las que se cubrieron. El caso es que Goya pintó una serie de escenas costumbristas en clave grotesca, interpretada con colores oscuros, entre los que dominan los negros y ocres, y libertad de ejecución a base de pinceladas sueltas y empastadas que aportan fuerza expresiva, como se puede apreciar en los Dos viejos comiendo sopa, cuya ubicación resulta problemática.

Posiblemente esta obra estaría en la planta baja, como sobrepuerta de la puerta de entrada y elemento introductorio del conjunto. En ella, un viejo desdentado de aspecto siniestro se dispone a comer —sopa, por la dificultad para ingerir alimentos sólidos— mientras señala con un dedo la dirección que se ha de seguir. A su lado, un personaje cadavérico  apunta en la misma dirección; parece estar al otro lado de un puente sobre el que podría señalar una lista donde figuran los nombres de los que se llevará al más allá. Indudablemente es solo un puente el escaso trecho que separa al viejo de su fatal destino.

Son muchas las interpretaciones que se han dado al conjunto de pinturas de la Quinta. Sin duda son fruto de la genialidad del pintor que, a pesar de su ancianidad, o como consecuencia de ella, ve el paso del tiempo con ironía e interpreta en clave mitológica, bíblica, literaria y costumbrista las instituciones y supersticiones de una sociedad víctima del miedo y la represión, a pesar de pintarlas durante el Trienio Liberal, ya libre de represalias políticas.

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