ARTE / Claroscuro
Por Laura Rodríguez Peinado
En 1819, en plena represión fernandina, Goya compra una finca en Madrid junto al río Manzanares, pasado el puente de Segovia, cerca del camino de Alcorcón y la fuente del Santo, en un lugar llamado Cerro Bermejo, desde donde se veía el Palacio Real, San Francisco, San Andrés y todo Madrid hasta la montaña del Príncipe Pío (en los terrenos que actualmente delimitan las calles Caramuel, Juan Tornero y la plaza de Egabro). La finca tenía una casa modesta que el pintor había mandado ampliar antes de trasladarse a vivir allí junto a Leocadia Zorrilla. Fue su morada hasta que partió de España en 1824, año en que Fernando VII reinstauró la monarquía absolutista, al reprimir el levantamiento liberal que había logrado establecer en España, durante un trienio (1820-1823), un régimen basado en la defensa de las libertades y de los poderes civiles. Y fue justamente en estos años cuando en su nueva casa (aunque frecuentada por sus amistades, estaba lo suficientemente lejos como para escapar a miradas indiscretas) Goya decoró una sala o gabinete del piso bajo y un comedor en el piso alto con unas pinturas donde plasmó su visión de la sociedad de la época y del mundo, la visión de un viejo que ese mismo año había sufrido una grave enfermedad y que presumía no ya muy lejana la hora de su muerte.
En 1823, Goya cedió la quinta a su nieto Mariano, el cual en 1830 la transfirió a su padre, Javier Goya, único hijo del insigne pintor, quien pronto la hipotecó; a la muerte de éste, en 1854, su hijo Mariano comenzó los trámites judiciales para venderla. La finca fue pasando por distintos propietarios: en 1864, la compró Luis Rodolfo Coumont, quien mandó fotografiar las pinturas que albergaba al fotógrafo francés Laurent; en 1873, la adquirió el barón Frederic Emile d’Erlanger, quien un año más tarde hizo traspasar las pinturas del muro al lienzo; en 1903, la casa de la quinta aún estaba en pie, pero en 1909, cuando se pensó ubicar en este lugar un museo dedicado al pintor aragonés, amenazaba ruina y, finalmente, fue demolida en 1913.
Esta finca de recreo pronto fue conocida como la Quinta de Goya o el Jardín de Goya; la denominación Quinta del Sordo es relativamente reciente, y alude a la sordera del pintor, secuela de la grave enfermedad sufrida en 1793 y que le aisló parcialmente del mundo.
Es precisamente a su sordera a lo que hace referencia la pintura situada en la sala del piso bajo, junto a la puerta de entrada, donde el viejo de luenga barba blanca que aparece en primer plano podría identificarse con el pintor, no porque sus rasgos físicos coincidan, sino porque alude a la longevidad, representada por el cayado en que se apoya el personaje, y por su sordera, sugerida por la figura situada tras él que le grita al oído. La monstruosa fisonomía de este personaje de facciones deformes ya fue utilizada por Goya para representar a frailes, brujos y demonios desde la época de los Caprichos. Por esta razón la pintura se conoce también como Dos frailes, a partir de este individuo y de la indumentaria del viejo, cuya figura recuerda a los ermitaños que afrontan las tentaciones con serenidad y melancolía, en contraste con la actitud forzada de ese ser deforme que parece avisarle de la proximidad de la muerte con grandes gritos para apartarle de su ensimismamiento.