LITERATURA
Por Blas Matamoro
Carmen Boullosa (1954). La interferencia de lenguajes, tan característica de nuestro mundo, abigarrado de signos y mensajerías mayormente destinados a lo que llama Umberto Eco «la fruición desatenta», nos empuja por una telaraña de anuncios publicitarios, hilos musicales, máquinas tragaperras, internet, altavoces callejeros, puestos de periódicos cubiertos por revistas del corazón, series televisivas y suma y sigue. La literatura, la inmemorial y orgullosa literatura que atraviesa milenios sin temer a la usura del tiempo, no puede quedar intacta y la telaraña le deja sus pegajosas marcas que, a la luz de la luna, pueden brillar como una joya.
Carmen Boullosa ha sabido recibir el mensaje de estos mensajes. Sigue una tradición, la que inauguraron poetas como Guillaume Apollinaire y narradores como John Dos Pasos y James Joyce. En su caso, porque ha alternado la letra —es editora de libros de arte— con el teatro y esa simpática institución del café literario, donde se cuelgan cuadros, se leen textos, se cantan canciones, se ponen en escena monólogos y se discute en tamaño microcósmico el enigmático cosmos circundante.
Podría decirse que su narrativa, oblicuamente autobiográfica y que no renuncia a codearse con espacios míticos —la memoria es el principal—, es una narrativa de voces, aún más: una narrativa en voz alta. La infancia, con sus tesoros fantásticos y sus traumas, vuelve en ella y, con ella, vuelve en todos nosotros, sus lectores, en textos como Mejor desaparece (1987) y Antes (2001), adverbio este que encierra todo el tiempo del recuerdo. En efecto, narrar es recordar y hasta en lo reciente siempre convierte lo que dice en algo anterior.
La diversidad de lugares donde ha vivido, México, Nueva York y Berlín, concurre a rellenar su escritura con escuchas de diversas lenguas, siempre bajo la dominante presencia de lo teatral, es decir, una vez más, de la voz. Así sus narraciones pueden circular por el Brooklyn de hoy (La novela perfecta, 2006) o la España barroca (La otra mano de Lepanto, 2006, El Velázquez de París, 2007) o lugares míticos que pueden ser cualquiera y ninguno, como en Cielos de la tierra (1997). La variedad de entonaciones permite asimismo una variedad de técnicas narrativas que apelan a la libertad mestiza del mundo letrado posmoderno.
La interactividad de escena y página también afecta a la obra teatral de Boullosa, que ha de quedar fuera de estas líneas pero que hace a la calidad variopinta de su escritura. A veces ha llevado a las tablas asuntos narrativos, así como, según se ha dicho, dirige su pequeño coro de cámara al sentarse a la mesa de la novelista. Todo ello plantea un tema sugerente: la calidad de la narradora como actriz, como alguien que se hace sujeto al escribir y, antes, se caracteriza y maquilla como una histriona a punto de salir ante las candilejas. Se trata de atravesar la confusa telaraña del mundo mensajeril contemporáneo abriéndose paso con un tinglado personal, que pone orden en el batiburrillo de las cosas que entorpecen su paso. Finalmente, la literatura renueva su orgullo y su antigüedad, como si acabara de nacer. El exceso de letras y letrismos que nos abruma debe rendir cuentas a la hora de escribir que es, página o bambalinas, un acto de elección, un desafío moral convertido en labor estética. Si hablamos de moral hablamos también, y otra vez, de libertad, esa difícil libertad que nos propone nuestra época, liberal y confusa, donde toda distinción es un deber del escritor. O de la escritora, tanto da.