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Viernes, 29 de enero de 2010

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Cine y televisión

La estanquera de Vallecas

Por Llanos Navarro García

De la misma manera que los historiadores buscan en los textos literarios información de carácter práctico sobre costumbres, leyes o hábitos lingüísticos del momento en que fueron escritos, el cine es, quizá en mayor medida, un valioso testimonio de su época. Obviamente, como en el caso de la literatura, no es ese su fin último, ni el más relevante en principio, sin embargo, hay películas que, envejecidas por el transcurso del tiempo, conservan o actualizan su valor testimonial, pasando a interesar sobre todo por la semblanza fiel que de su contexto vital constituyen.

Algo parecido le ocurre a La estanquera de Vallecas, la cual, sin ser en absoluto despreciable por su calidad estrictamente artística, no puede dejar de ser recibida como una mirada al pasado reciente de España, del Madrid más castizo, al menos; como una ventana brevemente abierta a esos recientes —y tan lejanos— añorados ochenta. Conservando el tono teatral de la obra de Alonso de Santos en la que se inspira, y respetando casi del todo las reglas más clásicas del teatro (una acción, un escenario, un único día para el transcurso de la historia), Eloy de la Iglesia retrata en una sola imagen, la de la fachada del estanco en el que los hechos tienen lugar, las líneas esenciales del que podría ser un rincón cualquiera de cualquier barrio de entonces: vieja puerta de madera rodeada por carteles electorales en cuyo marco pende una cortina de tiras de plástico con los colores de la bandera; alrededor, los balcones se pueblan de los vecinos que observan y se indignan inútilmente. Esa es la puerta que traspasan Leandro y Tocho en busca de dinero fácil. De la mano de estos dos atracadores, torpes y desesperados, entramos en la intimidad del hogar de la estanquera vallecana, viuda y tía de una adolescente bajo su cargo, mujer de armas tomar que se las ingenia para convertir la anécdota de su robo en una aventura cómica y absurda, que nos muestra con aires de sainete los sinsabores de los españoles de la época. El tono risueño no atenúa la denuncia de las carencias sociales en un momento en el que la política aseguraba soluciones a problemas de profundas raíces, y ofrece una mirada crítica y sin complacencia de ese talante mesiánico de los que se aprestaron a gobernar, constituyendo así la cinta una de las primeras críticas de nuestro cine a las nuevas tácticas de promoción política, en absoluto exentas de cinismo, llegadas con la democracia. La policía corrupta, la marginalidad de determinados barrios, la lacra del paro, el consumo de drogas por jóvenes que todavía no sabían muy bien qué era aquello del sida, pero que habrían de pagar pronto y caro su ignorancia…: todo eso se percibe en la película, envuelto en el ambiente decadente, o eso nos parece ahora, propio de aquella época en la que España se hacía a su nueva vida mientras se deshacía en esfuerzos para conseguir lo que luego vino a llamarse «estado del bienestar». Rara expresión, por cierto, a oídos de los protagonistas: a ellos, probablemente, les sonaría más aquello de la sangre, el sudor y las lágrimas. Sobre todo las lágrimas.

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