ARTE / Claroscuro
Por Laura Rodríguez Peinado
El quitasol fue pintado por Goya como cartón para realizar un tapiz destinado al comedor de los Príncipes de Asturias en el palacio de El Pardo, al igual que La maja y los embozados ya descrito. El propio pintor describe la escena en la cuenta que presentó a la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara como «…una muchacha sentada en un ribazo con un perrito en el alda, a su lado un muchacho en pie aciendole sonbra con el quitasol».
La escena se desarrolla en primer plano, creando las figuras una composición piramidal. Llama la atención la diferencia de indumentaria del muchacho, vestido de majo según marcaba la moda popular y el traje aristócrata a la francesa de la joven que viste cuerpo celeste, halda amarilla con una delicada manteleta sobre la que se posa un perrito faldero y se cubre con cabriolé forrado de piel. Su actitud coqueta se realza con el abanico que sujeta con indolencia.
Para este cartón Goya debió inspirarse en la pintura francesa de la época en la que triunfaban los temas galantes y, aunque han sido varias las obras con las que se han querido establecer relaciones, las más claras son Vertumno y Pomona de Jean Ranc (Museo Fabre de Montpellier), que el pintor pudo conocer por medio de una estampa. Pero Goya deja constancia en facturas y otros documentos de que los temas y composiciones de sus cartones son de su invención y en este caso la escena es mucho más cercana. En la pintura de Ranc también aparece la sombrilla, objeto de moda en la pintura de género del siglo xviii, que llega a asociarse con la representación de la galantería.
La disposición de la sombrilla sobre el rostro de la joven refleja la luz filtrada sobre las carnaciones envolviendo su semblante en una leve penumbra, lo que el pintor resuelve a base de una técnica velazqueña de pinceladas sueltas y gradaciones lumínicas. Además, en el resto del cuadro juega con colores luminosos, brillantes y vibrantes en un equilibrio cromático del todo armónico a base de breves pinceladas, donde mezcla el color con mucho aceite obteniendo un resultado tan delicioso como difícil de traducir al tapiz; esto le ocasionó no pocos problemas con los tejedores de Santa Bárbara, a los que les era imposible manejar un cromatismo tan rico y sutil al pasar los modelos al telar; por ello, a menudo se quejaban y pidieron al pintor en más de una ocasión que utilizara menos gradaciones cromáticas y una pincelada más larga que permitiera copiar fielmente los modelos. Esto incomodaba al artista, que pronto consideró su trabajo de cartonista como algo rutinario, ya que él concebía los cartones como cuadros independientes diversificando tonos, desdibujando los contornos y precisando mínimos detalles, caracteres todos incompatibles con la tapicería, donde son precisos contornos definidos y colores contrastados para conseguir obras de calidad. Es por eso que se observan diferencias tan notables entre los cartones, dotados de una gran espontaneidad, y los tapices que resultan a partir de estos, con figuras envaradas, apenas interrelacionadas con el medio en que se insertan y donde la espontaneidad se sustituye por un pintoresquismo amable y decorativo.
En esta obra Goya posiblemente alegoriza en la coquetería de la joven, que mira altivamente al espectador, el orgullo y la vanidad, porque fuera de la idealización y el lado amable que reflejan los cartones que realiza para esta estancia algunos temas rezuman una cierta ironía.