LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
Cuanto más se consulta el Diccionario de autoridades más admiración despierta. Sus laboriosos redactores no dejaron de recoger en su segundo tomo (1729) una palabra, café, que era entonces relativamente nueva en español. Era una «especie de haba pequeña con su cascarilla u hollejo, de color algo obscuro, la qual se cría en unas vainillas»; «tostada esta fruta —seguían explicando— y hecha polvos con agua caliente, sirve de bebida usual, cuyo uso vino de Asia no ha mucho tiempo». Para «autorizar» el vocablo —para documentarlo, diríamos hoy, y eso es, en verdad, lo que hacían— no habían encontrado los académicos ningún texto en las obras sometidas a «despojo» —en el corpus utilizado, dictaría ahora nuestro pedantismo rampante—; pero uno de ellos recordaría la existencia de un folleto de cierto oscuro médico de Palencia llamado Juan de Tariol, publicado en 1692, y se hizo con él, si es que no lo tenía a la mano. Su mismo título ya le servía: Noticias de el caphé, discurso philosóphico, obra igualmente gustosa a los médicos adultos, útil a los modernos y provechosa a la salud pública. Pero nuestro académico lo abrió por la primera página y copió de él (cambiando, con buen criterio, en -f- la injustificada -ph- de Tariol): «El café es una especie de legumbre o grano extrangero producido de un árbol que se parece mucho a nuestros guindales...». El artículo quedaba así redondo. Y un galeno al que ni por asomo se habría hecho un hueco en la solemne «Lista de los autores elegidos por la Real Academia Española para el uso de las voces y modos de hablar que han de explicarse en el Diccionario...» se había colado de facto, y de rondón, en el catálogo de «autoridades», como cualquiera podía hacerlo. Porque la Academia, que se había propuesto realizar un diccionario normativo, estaba en realidad, sin apenas darse cuenta, descubriendo y poniendo en práctica la moderna lexicografía descriptiva: la basada en la documentación real del uso; documentación que por añadidura, y a efectos de las oportunas comprobaciones, no se hurtaba al consultante.
Como se sabe, la semilla y la nueva bebida procedían de Turquía. Queremos decir la cosa; mas no, en español, la palabra. Conviene no dejarse llevar en estos casos por tentadores exotismos etimológicos, como los que movieron durante un tiempo a la Academia a aducir el turco kahve o el árabe qahwa. También hay que dejar fuera pre-testimonios como el kaoah que menciona Pedro Teixeira en 1610. Corominas, sensatamente, sin desconocer aquellos étimos mediatos, señaló que la palabra nos vendría «por conducto del italiano y del francés»; resulta, en verdad, prácticamente imposible decidirse por una u otra lengua (la Academia, que en 1884 adujo la segunda, se inclina desde 2001 por la primera), y tampoco es imperioso hacerlo (nótese, en Corominas, la y copulativa). El caso es que en ambos idiomas las formas correspondientes (caffè, café) se documentan desde fechas muy similares: 1665-1666.
Al nuestro llegó algo más tarde. Es natural que el primer testimonio sea de un viajero. Y así, el intrépido Pedro Cubero Sebastián, el primer español que dio la vuelta al mundo en sentido inverso al que entonces era más común, nos cuenta en 1680 que se ganó la voluntad del portero del rey de Ispahán dándole alguna propina «para café o para tabaco, que es lo que ellos gastan». No mucho después, los lectores de la traducción que realizó Francisco de Olivares Murillo de las Memorias históricas de los Monarcas Othomanos (1684) del veneciano Giovanni Sagredo supieron que los turcos «usan el Café, bebida que se haze de cierta semilla tostada», y los del relato que hace Antonio Pizarro de Oliveros en 1687 de la conquista de Buda por las tropas imperiales pudieron leer que a un embajador «le regalaron [los turcos] con gallinas assadas, pasteles, arroz, caphé y vino». Dos años más tarde la bebida ya ha llegado a España, por recomendación de los médicos: uno de origen italiano, el «novator» Juan Bautista Juanini (en su país natal era Giovanbattista Giovannini), en la segunda edición (1689), muy ampliada, de su Discurso phísico y político, describe, entre otras cosas, «la calidad y modo de hazer del Caphé y del The, y para qué enfermedades aprovechan estas bebidas»; a propósito de la primera dice que «se va introduciendo en los Puertos de Mar de España, y en esta Corte comiença a tomar forma de pocos días a esta parte; y aunque en España es tan nueva, es muy antigua y muy usada en otros Reynos y Provincias». Al poco aparecen las ya referidas Noticias de el caphé de Tariol, que por cierto (suele ocurrir con las novedades) originan polémica, pues inmediatamente otro facultativo, don Isidro Fernández Matienzo, replica a Tariol con un Discurso médico y phísico, agradable a los Médicos Ancianos y Despertador para los modernos, contra el medicamento Caphé (1693). Matienzo quiere librar al lector de tan «desabrida y amarga bebida», asegura que no tiene ninguno de los beneficiosos efectos que se le atribuyen y recomienda en cambio con insistencia que se beba, sin más, «agua caliente».
Azorín, siempre tan curioso de libros viejos y raros, conoció este contra el «caphé», y ante consigna tan peregrina apostilla con delicioso humor: «Recomendación, ¡oh buen Matienzo!, que los que se sientan en torno de los blancos mármoles ponen en práctica, bien a su pesar, ha largos años...».