ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Durante su segunda estancia en Roma, en 1785, el pintor francés Jacques-Louis David culminaba el lienzo del Juramento de los Horacios (París, Musée du Louvre, Inv. 3692), obra que se convertiría inmediatamente en el manifiesto de la pintura neoclásica. El asunto estaba tomado de la historia de la Antigua Roma (había sido recogido por Tito Livio en su Ab urbe condita); sus formas respiraban un clasicismo arqueologizante en cada uno de los detalles; incluso su mensaje, la fidelidad al Estado por encima de cualquier otra obligación o circunstancia, ensalzaba unos valores morales y políticos coincidentes con los ideales defendidos por los intelectuales franceses en los años inmediatamente anteriores al estallido de la Revolución Francesa. Porque el Neoclasicismo era algo que superaba el mero concepto de «estilo artístico». Para los artistas del último tercio del siglo xviii, la Antigüedad Grecolatina debía servir como modelo, no sólo para las formas, sino también para los contenidos, convirtiéndose en vehículo canalizador y transmisor de ideas que, en última instancia, condujeran a la superación moral e intelectual de la sociedad.
Sin duda todo ello fue asimilado por Juan Antonio Ribera, junto con José de Madrazo y José Aparicio, los máximos exponentes de la pintura neoclásica en España, durante los años en que fue discípulo del propio David en su taller parisino, a comienzos del xix. Y así lo refleja en este lienzo donde el tema, apartándose ligeramente de la época romana, vuelve los ojos hacia uno de los períodos más nobles de la Alta Edad Media hispana: el reinado de Wamba (rey entre 672 y 680; † 688), quien llevó a la monarquía visigoda a sus cotas de máximo esplendor, precipitando su declive cuando una conjura nobiliaria lo retiró prematuramente del trono.
Siguiendo la narración del obispo toledano San Julián (Historia Wambae regis), la muerte repentina de Recaredo en Gérticos (actual Wamba, Valladolid), en septiembre de 672, obligó a los nobles godos a nombrar inmediatamente un sucesor, según era su costumbre. Y las miradas de todos se dirigieron de forma unánime hacia uno de los altos dignatarios de la corte, Wamba, personaje de cierta edad, conocido por su piedad, prudencia, sagacidad y justicia. Con lo que no habían contado los electores era con la posibilidad de que, a causa de estas virtudes precisamente, el designado pudiera rechazar la oferta; algo que sucedió y que el interesado argumentó diciendo sentirse indigno del cargo que se le ofrecía, temeroso también de que su aceptación desembocase en una guerra abierta entre los partidarios de instaurar una monarquía hereditaria y los defensores del sistema electivo tradicional. Al producirse la inesperada negativa, los nobles del Aula Regia forzaron la situación obligándole a elegir entre la corona o la muerte. Una vez más, la entrega incondicional al bien común, al Estado, por encima de cualquier consideración.
Es este instante, en el que el tono dramático y moral de la historia alcanza su máxima intensidad, el elegido por el pintor. Para potenciar visualmente la trascendencia de la decisión humana, Ribera sitúa el episodio en un interior sobrio, desprovisto de cualquier detalle ornamental, pero no por ello falto de majestuosidad. Al contrario, la sensación de monumentalidad viene conferida por la recia arquitectura que sirve de marco a la escena, articulada a partir de sólidos muros de formas angulares, levantados con grandes sillares grisáceos. Dominan los remates en arista para los extremos y los arcos de medio punto para los vanos principales, elementos propios de las construcciones romanas. Pero, junto a ellos, se advierten pequeños arcos apuntados en los vanos de comunicación, perfil agudo que, en los comienzos del siglo xix en los que se pinta el cuadro, era la forma que se creía que habían adoptado las arquerías de las construcciones visigodas.
Con el muro retraído hacia el fondo, la narración ocupa todo el frente. Los distintos personajes se agrupan en torno a los protagonistas. Wamba, ligeramente desplazado hacia la izquierda y con las armas abandonadas a su lado, muestra con el brazo extendido y la cabeza vuelta su rechazo a la propuesta. Frente a él, el portavoz de la asamblea avanza hacia el anciano, levantando su espada con una mano mientras con la otra le señala las insignias del poder: la corona, el cetro y el manto púrpura de la realeza, depositados sobre la bandeja que porta otro de los asistentes. Los movimientos contrarios de ambos personajes, dibujando profundas diagonales imaginarias, aportan el dinamismo suficiente a una composición serena y equilibrada, ordenada a partir del juego de líneas horizontales y verticales en diferentes planos.
Fundándose en un dibujo firme, las figuras son volumétricas, corpóreas, con un tratamiento casi escultórico de su anatomía, sensación potenciada por el efecto de los bruscos claroscuros generados en los pliegues de las túnicas de progenie clásica. El color es contenido, sobrio —como casi todo en el conjunto de la obra—, sin recurrir a tonos especialmente claros o estridentes. La luz, simbólicamente dirigida hacia el rostro del futuro monarca, penetra desde la izquierda bañando de forma tenue la estancia. En suma, orden, ritmo, proporción, equilibrio, regusto clásico de las formas e historia edificante, que conforman uno de los mejores testimonios pictóricos del neoclasicismo español.
Encargado para decorar el Salón Central del Casino de la Reina de Madrid, donde había de servir de pareja a su obra maestra, el Cincinato, ingresó en El Prado en 1863.