Cine y televisión
Por Llanos Navarro García
Con un intervalo de dos años, desde 2005, el público español ha despedido a tres de las grandes figuras de nuestro cine: Agustín González, Fernando Fernán Gómez y José Luis López Vázquez. El primero, el más joven, había nacido en 1930, casi una década después que sus compañeros; para entonces, otro querido cómico madrileño, Alexandre, era ya casi un adolescente. Todos, ellos y otros (los que dieron vida a ese elenco de ladrones graciosísimos de Atraco a las tres y alguno más que veríamos en películas de la misma altura) trabajaron desde los lejanos cincuenta para defender con sus fingimientos la credibilidad de seres (con frecuencia cómicos, a veces trágicos, siempre dramáticos) inspirados las más veces en el ciudadano común, aquel que acudiría a las salas de los cines madrileños, barceloneses o de cualquier pequeña ciudad de provincias española, para olvidar por un rato el tedio de su cotidiano devenir y sonreír, o reír abiertamente, con las ocurrencias de unos individuos ávidos de conquistas, anhelantes de prosperidad, defensores de los valores tradicionales o, simplemente, agobiados por la tiranía de un jefe tan despótico como el de cualquiera. Fueron los actores de la transición, sí. Pero, antes, fueron los actores de la dictadura. No porque la sirvieran, en absoluto, sino porque se vieron obligados a trabajar en el contexto histórico que les tocó vivir. Y, aun así, hicieron lo que hicieron: construir magníficos personajes. El actor no expresa sus convicciones, finge, es otro. Y a estos les tocó serlo en una sociedad diferente y mucho más limitadora del genio creativo. Pero ellos, que habían nacido antes de la Guerra y habían sufrido con toda su crudeza sus consecuencias, supieron trascender ante las cámaras las amarguras y las disidencias para ofrecernos interpretaciones como las del padrino de La gran familia, o la de la inolvidable Adela, en Mi querida señorita. Fueron capaces de sustentar con su genio los intentos críticos de Berlanga o Bardem, por ejemplo, y combinaron la risa con la denuncia enmascarada. Luego, se adaptaron a los nuevos tiempos y, algunos, participaron en esa disparatada inmersión en la libertad sexual que se tradujo en lo que se ha venido a llamar el destape: también aquí dejaron testimonio de lo que fuimos.
La pérdida de López Vázquez nos entristece. No porque no seamos capaces de celebrar su vida, su obra, y de aceptar la muerte como el colofón natural de una trayectoria admirable, sino porque constituye el anuncio del final de una época (larga vida al querido Alexandre y a otros, más jóvenes). Una época difícil, marco de historias terribles, que no nacieron de la imaginación de guionista alguno. No es nostalgia de momentos mejores, sino agradecimiento a quienes, con su talento, revalidado hasta el final, con su vocación de cómicos impenitentes, supieron crear para sus compatriotas un ámbito de refrigerio, de alivio momentáneo de desdichas, y enriquecer de paso, notablemente, la calidad del cine español en tiempos menos propicios.