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Martes, 12 de enero de 2010

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ARTE / Claroscuro

Don Sebastián de Morra, bufón de corte

Por Laura Rodríguez Peinado

Los bufones eran aquellas personas que con sus acciones entretenían y divertían a los poderosos. A menudo eran disminuidos psíquicos o físicos, monstruos cuyos defectos eran aprovechados por sus dueños como una garantía de diversión.

Desde la Antigüedad los poderosos tuvieron en sus cortes a estos personajes. Se tiene constancia de su presencia en Grecia y Roma actuando a menudo como actores, y algunos de los autores cómicos introducen su figura en sus obras. Fueron representados en pinturas pompeyanas y hay numerosas noticias del auge que tuvieron en Roma, llegándose a organizar un comercio muy lucrativo a costa de ellos. En todas las cortes medievales había bufones que poseían la habilidad de distraer a reyes y cortesanos, los cuales en ocasiones alcanzaron un cierto protagonismo por la influencia que llegaron a ejercer sobre sus amos, a los que con su ingenio llegaban a decirles verdades que otros miembros de la corte no se hubieran atrevido a mencionar. Algunos llegaron a ostentar cargos importantes y a poseer bienes. En la corte española el protagonismo plástico de estos hombres de placer se realza por los retratos que de los bufones de la corte de Felipe IV pintó el genial Diego Velázquez, dignificando su figura de manera que inspiran una gran ternura en el espectador que los contempla.

El retrato de don Sebastián de Morra es uno de los más bellos pintados por Velázquez desde el punto de vista cromático por la armonía de los carmesíes, dorados, verdes y blancos que brindan a la figura un porte principesco y de gran dignidad. La figura destaca sobre un suelo y un fondo monocromos donde los efectos de luz son los que generan el volumen que corresponde a la estancia. Viste traje de paño verde con cuello y puños de encaje de Flandes y ropilla púrpura con galones de oro, más propia de un príncipe que de un simple servidor, al igual que los encajes, cuyo uso estaba prohibido a los caballeros por una pragmática de austeridad. Su mirada es profunda y expresiva y su actitud seria y triste, al tiempo que muestra una inteligencia despierta y crítica. Se representa sentado, con los puños apretados sobre el regazo, lo que enfatiza su expresión adusta, y las piernas en escorzo al frente para disimular su enanismo, lo cual está dentro del ideal pictórico de Velázquez, que practica un naturalismo en el que muestra a los personajes aproximadamente en su realidad y en el margen de la imprecisión, donde radica su verdadero ser; por eso también recurre al desenfoque progresivo logrando que las facciones no tengan un perfil riguroso, lo cual también le permite atenuar los defectos, si no de éste, sí de otros monstruos retratados por él, mostrando un profundo respeto y un cierto tono de melancolía por lo que el destino y la naturaleza les habían deparado.

Don Sebastián de Morra sirvió en Flandes al cardenal-infante don Fernando, y a la muerte de su señor regresó a España, donde entró, en 1643, al servicio del príncipe Baltasar Carlos que le tenía en gran estima y llegó a legarle una panoplia de armas blancas en su testamento. Es probable que acompañara al príncipe en sus cacerías, a lo cual simbólicamente puede aludir el verde de su indumentaria. Gozó de una condición  privilegiada en la corte, donde tenía un criado a su servicio, situación de privilegio a la que hace referencia la riqueza de su indumentaria, a pesar del aislamiento que refleja su semblante.

Francisco Umbral piensa que Velázquez emplea esta solemnidad con los bufones para mostrarlos como espejo y contrapunto a la altivez y los resplandores de sus amos. El pintor subvierte el orden social colocando a un simple sirviente histriónico en la corte de un rey absoluto, como contrapunto al poder autoritario del rey, con una indumentaria que correspondería a los estamentos privilegiados, lo que se ha querido interpretar por parte de algunos como una mirada crítica sobre la sociedad de su época y como reflejo de su propio aislamiento en una corte en la que aspiraba a nombramientos de alcurnia.

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