Cine y televisión
Por Joan Ripollès Iranzo
Las estrellas indiscutibles de la canción de la edad de oro del cine mexicano fueron Jorge Negrete y Pedro Infante. El primero internacionalizó la canción ranchera y el segundo ha sido el artista más querido por su pueblo, con permiso de Cantinflas. Negrete, apodado «el charro cantor», encarnaba el mundo agrario de estirpe aristocrática de raíz española, mientras que Infante representaba lo popular y urbano de la idiosincrasia capitalina. Para que ambos coprotagonizaran la única película que rodaron juntos, su director, Ismael Rodríguez, hubo incluso de mediar con uno de los hijos de Miguel Alemán, que en aquel tiempo gobernaba el país del Águila y el Sol. De ahí surgió Dos tipos de cuidado (1952), pieza clave de la comedia ranchera tardía, que cuenta con impagables momentos cómicos.
Aunque Negrete no poseía excesiva gracia para la comedia, ese mismo año protagonizó junto a Luis Aguilar —apodado «el gallo giro»— la divertidísima Tal para cual, dirigida por Rogelio A. González. González era el heredero directo del cine de Ismael Rodríguez y en sus películas se observa un afán continuo por renovar los esquemas tradicionales. Así lo había demostrado ya en su ópera prima, El gavilán pollero, protagonizada por Infante y Antonio Badú en 1950. La canción que da título a la película causó gran hilaridad entre el público gachupín (español afincado en México), pues declaraba: «Se llevó mi polla el gavilán pollero, la pollita que más quiero. Que me sirvan otra copa cantinero, sin mi polla yo me muero». Entre tragos y canciones, dos mozos en edad de merecer se juran amistad eterna, pero la promesa se viene abajo al cruzarse en su camino una muchacha que pretende que se maten entre ellos por su amor.
El tema de la amistad masculina que supera la intensidad del deseo sexual hacia la mujer, es una constante en el cine mexicano. También había sido explorado en el díptico formado por A toda máquina y ¿Qué te ha dado esa mujer?, largometrajes dirigidos por Rodríguez en 1951 y protagonizados por Pedro Infante y Luis Aguilar. Dos amigos, agentes de la policía motorizada de la capital, sufren diversas desventuras que ponen a prueba el poder de su amistad frente a los embates del amor. En ambos filmes, el espectador se topa con situaciones tan peculiares como la necesidad que tienen los amigos de compartir el mismo pijama o la serenata que uno de ellos le canta a una de sus novias por vía telefónica.
Tanta amistad viril ha elevado el espíritu irónico de los críticos, que hoy ven en estas cintas claros elementos de homosexualidad reprimida. Y no es para menos, porque los lazos entre amigos se estrechan aún más en los momentos de la borrachera que sigue al desengaño amoroso. Entonces, la voz del macho despechado encuentra eco en la de sus amigotes para entonar alardes misóginos tan acerados como este: «Si los hombres no fuéramos necios y pensáramos con la razón, trataríamos con burla y desprecio a esa peste que llaman amor. (...) Por eso mujeres que vayan al diablo, que sólo nos sirven pa darnos dolor...» —de la canción Al diablo con las mujeres, de Manuel Esperón y Ernesto Cortázar—.
Sólo con el paso de las décadas y la necesaria evolución de los modelos narrativos se llegarían a subvertir estos tópicos reaccionarios. Así ocurre en una comedia tan exitosa como Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001), en la que una mujer les demuestra a los dos amigos adolescentes que la pretenden que lo que de verdad esconde su camaradería machista es el deseo de mantener una relación de hombre a hombre, sin necesidad siquiera de ponerse el pijama.