ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Uno de los primeros lienzos pintados por Goya, con María Teresa Silva Álvarez de Toledo como protagonista, es el divertido cuadrito titulado La duquesa de Alba y «la Beata» (Madrid, Museo del Prado, Inv. 7020). En él la aristócrata, a pesar de estar ya en la treintena, se entretiene como una adolescente escandalizando a una de sus camareras, doña Rafaela Luisa Velázquez, a la que asusta enseñándole un pedazo de coral rojo. No podía tratarse nada más que de un juego, dado que el coral era el amuleto preferido para ahuyentar el mal de ojo; y poco de bruja podía tener la paciente mujer a la que iba dirigida la broma, quien, por su extremada religiosidad, era conocida por el sobrenombre de la Beata.
Mucho menos lúdicos —y en absoluto decorativos— son los talismanes con los que Velázquez retrató, en 1659, al Príncipe Felipe Próspero (Viena, Kunsthistorisches Museum, Inv. 319). Casi como si fuera un «árbol de navidad», del pecho y la cintura del niño cuelgan campanillas y sonajeros dorados, higas de azabache y oro, cascabeles…, amuletos que en la mentalidad popular se consideraban protectores de la infancia contra la envidia, los celos, los maleficios y, lo que era más importante de todo en el caso del pequeño infante, contra las enfermedades y la muerte. Felipe Próspero, a la sazón Príncipe de Asturias, era el único hijo varón vivo de Felipe IV en aquel momento y, por lo tanto, en quien estaban puestas todas las esperanzas de sucesión al trono de España. Sin embargo, débil y enfermizo desde su nacimiento, poco pudieron hacer en su favor todos estos objetos, pues la anemia y los ataques epilépticos que padeció desde su nacimiento le condujeron a la muerte a comienzos de noviembre de 1661, cuando aún no había cumplido los cuatro años.
El ejemplo del pequeño infante no hace sino recordar cómo, en épocas en las que la mortalidad infantil era muy elevada, las madres ponían su confianza en el remedio que fuese con tal de asegurar la salud de sus vástagos. Y en esto no había diferencia en la escala social. Sin embargo, ¿cómo veía la Iglesia estos usos?
Por supuesto, desde los primeros tiempos del cristianismo, talismanes y amuletos fueron prohibidos por considerarlos prácticas paganas. Pero, como ocurrió tantas veces, el veto eclesiástico no erradicó una costumbre ancestral, lo que llevó a la necesidad de moralizar los mismos objetos, de explicarlos a partir de la visión cristiana del universo. Y si lo que colgaban las madres de los cuellos de sus bebés para evitar la muerte súbita eran pequeños fragmentos de coral, pronto los artistas, a instancias de los clérigos, empezaron a representar al Niño Jesús también con un coral al cuello: el coral rojo que anunciaba la futura sangre que derramaría en la cruz y que, por lo tanto, había migrado de forma tan sencilla de superchería pagana en anuncio de su Pasión redentora.
Los testimonios plásticos de ello son legión. Traemos aquí, como ejemplo, la tabla central del conocido como Retablo de La Bañeza, obra de Nicolás Francés a mediados del siglo xv. Un grupo de ángeles músicos, dispuestos en perspectiva inversa (mayores los del fondo, más pequeños los ubicados en el primer plano), son el coro celestial que aclama con sus cantos a la Virgen en Majestad, entronizada sobre un sitial de perfil hexagonal que recuerda la arquitectura del interior de un templo. Sobre su regazo juega el Niño, quien parece querer alcanzar con las manos unos pajarillos próximos a su cabeza (tal vez evocación del milagro transmitido por los apócrifos que narraban cómo, de pequeño, modelaba aves de arcilla que, con sólo soplarles, cobraban vida). Y sobre su pecho, destacando violentamente con el tono lechoso de la piel, el coral rojo que anunciaba su Pasión.
Los colores son brillantes, contrastados, armónicos. Las figuras de siluetas estilizadas, rostros ligeramente lánguidos y manos de dedos finos y alargados, muestran el canon de elegancia de la época. El espacio trata de ser recreado buscando profundidad, perspectiva. Los fondos de oro enriquecen tanto material como simbólicamente la escena… Por la calidad de su factura, estamos ante uno de los mejores testimonios del estilo gótico internacional en España.
El conjunto procede de la capilla de una granja próxima a La Bañeza (León), llamada la Esteva de las Delicias. Fue adquirido por el Patronato del Tesoro Artístico en 1930 y 1932.