Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Tras el establecimiento de la dinastía Ptolemaica en el trono de los faraones a comienzos del siglo iii a. C., los nuevos gobernantes, para evitar problemas con el todopoderoso clero egipcio, que habría podido agitar a la población en su contra, se vieron en la necesidad de adoptar nuevas deidades sincréticas que conciliasen la piedad griega con la tradicional religiosidad practicada desde antaño por los habitantes del Delta. Surge así la figura mítica de Serapis o Sárapis, llamada a convertirse en la divinidad fundamental del nuevo panteón alejandrino. Su nombre parece derivar del vocablo egipcio Userhapi, contracción de Osiris-Apis, el dios del más allá y rey del inframundo, de cualidades asimilables al Hades heleno (Plutón después entre los romanos).

Réplica romana de la segunda mitad del siglo ii d. C.: Cabeza de Serapis (detalle)
Mármol azul oscuro con vetas claras, 32 cm de altura
Núm. de inventario: E-323
Señor de la prosperidad de la tierra, que asegura las cosechas de cereales así como su transporte, protector de la salud de sus fieles y de su destino tras la muerte, benevolente pero también terrible cuando es necesario, el mundo de las creencias egipcias fue quien lo dotó en su mayor parte desde el punto de vista ideológico y simbólico. La estética griega, sin embargo, fue la que más aportó a la hora de configurar su morfología. Serapis adoptó la iconografía de Hades: entronizado, de gran fortaleza física y portando el cetro de soberano semejante a Zeus, llevaba como atributos un vaso medidor de grano sobre la cabeza (el kalathos griego y el modius latino), en alusión a la fecundidad natural de la que era garante, mientras que junto a sus pies, señalando su dominio sobre el inframundo, aparecían una serpiente y el mítico perro de tres cabezas Cerbero. Así, al menos, describen las fuentes antiguas la apariencia de la estatua original colocada en el Serapeo de Alejandría. Su culto, que se extendería rápidamente por todas las colonias griegas, penetrando asimismo en Roma, concluiría de forma brusca algo después del año 385 d. C. cuando, tras un decreto de Teodosio que obligaba a abolir el paganismo en el Imperio, su santuario alejandrino fue incendiado y su escultura destruida.
La presencia de unas huellas en la parte alta de una cabeza del Prado, posible asiento para el Kalathos, así como su parecido con otras representaciones escultóricas de bulto y en relieves de monedas que efigian a Serapis, han sido indicios empleados por los investigadores para asignar esta identidad a la pieza.
Esculpida en piedra azul veteada, el rostro queda enmarcado por una larga melena con flequillo sobre la frente, trabajada en amplios y cuidados mechones ensortijados en los que es evidente el empleo del trépano. Factura similar es la empleada para resolver la cerrada barba y el bigote que apenas dejan entrever unos gruesos labios cerrados. A pesar del protagonismo del elemento capilar, el rostro adquiere intensidad gracias a la policromía aportada por los ojos, realizados a partir de incrustaciones de mármol amarillento y negro.
Propiedad de la Reina Cristina de Suecia en su palacio romano, llega a España a comienzos del siglo xviii para engrosar las colecciones de Felipe V, con destino al Palacio Real de San Ildefonso.